viernes, 18 de enero de 2008

EL BOSQUE ENCANTADO

Había una vez, un bosque bellísimo, con muchos árboles y flores de todos
colores que alegraban la vista a todos los chicos que pasaban por ahí.
Todas las tardes, los animalitos del bosque se reunían para jugar. Los conejos, hacían
una carrera entre ellos para ver quién llegaba a la meta. Las hormiguitas
hacían una enorme fila para ir a su hormiguero. Los coloridos pájaros y las
brillantes mariposas se posaban en los arbustos. Todo era paz y
tranquilidad.
Hasta que... Un día, los animalitos escucharon ruidos, pasos extraños y se
asustaron muchísimo, porque la tierra empezaba a temblar.
De pronto, en el bosque apareció un brujo muy feo y malo, encorvado y viejo,
que vivía en una casa abandonada, era muy solitario, por eso no tenía ni
familiares ni amigos, tenía la cara triste y angustiada, no quería que nadie
fuera felíz, por eso... Cuando escuchó la risa de los niños y el canto de
los pájaros, se enfureció de tal manera que grito muy fuerte y fue corriendo en
busca de ellos.
Rápidamente, tocó con su varita mágica al árbol, y este, después de varios
minutos, empezó a dejar caer sus hojas y luego a perder su color verde pino.
Lo mismo hizo con las flores, el césped, los animales y los niños. Después
de hacer su gran y terrible maldad, se fue riendo, y mientras lo hacía
repetía: - ¡Nadie tendrá vida mientras yo viva!
Pasaron varios años desde que nadie pisaba ese oscuro y espantoso lugar,
hasta que una paloma llegó volando y cantando alegremente, pero se asombró
muchísimo al ver ese bosque, que alguna vez había sido hermoso, lleno de
niños que iban y venían, convertido en un espeluznante bosque.
- ¿Qué pasó aqui?... Todos perdieron su color y movimiento... Está muy
tenebroso¡Cómo si fuera de noche!... Tengo que hacer algo para que éste
bosque vuelva a hacer el de antes, con su color, brillo y vida... A ver,
¿Qué puedo hacer?y despues de meditar un rato dijo: ¡Ya sé!
La paloma se posó en la rama seca de un árbol, que como por arte de magia,
empezó a recobrar su color natural y a moverse muy lentamente. Después se
apoyó en el lomo del conejo y empezaron a levantarse sus suaves orejas y,
poco a poco, pudo notarse su brillante color gris claro. Y así fue como
a todos los habitantes del bosque les fue devolviendo la vida.
Los chicos volvieron a jugar y a reir otra vez, ellos junto a los animalitos
les dieron las gracias a la paloma, pues, fue por ella que volvieron a la
vida. La palomita, estaba muy feliz y se fue cantando.
¡Y vino el viento y se llevó al brujo y al cuento!

LA BRUJITA JUVENIL

En el bosque hay mucha oscuridad, incluso al mediodía pues los árboles detienen la luz del sol.

Más adentro del bosque, las ramas de los árboles parecen brazos y las raíces parecen piernas de unos gigantes.

En lo más profundo de este bosque hay un árbol particularmente extraño pues tiene dos nudos que parecen ojos, una pequeña ramita cortada que parece una nariz y un agujero profundo que parece una boca.

Este agujero no es muy grande y aunque cabe la mano de un niño, de ninguna manera cabe la mano de un hombre fornido.

Si entramos por este agujero ( suponiendo que fueramos enanitos y pudieramos entrar ), veríamos una salita seguida de una habitación o alcoba.

Sobre una pequeñísima camita dormía un mal sueño una brujita, no mayor que la mano de un niño.

Esta brujita se despertó muy maluca y sientiéndose muy enferma y muy mal, no sabía dónde estaba, ni que hora era, ni en que día iba la semana.

Sentía nuestra brujita un terrible dolor de cabeza y un mareo. Cuando se levantó de la camita casi se cae al suelo.

Lo primero que hacen estas brujitas en este bosque cuando se levantan de la cama es mirarse en el espejo, pues son muy vanidosas.

Brujita vió que estaba sumamente fea y se alegró mucho, pues ella se creía la brujita más aterradora y estaba muy orgullosa de serlo.

Nuestra Brujita tenía exactamente cien añitos, acabados de cumplir, pero como estas brujitas viven hasta los mil años, entonces podemos considerar que era como una niña de 15 años, para los seres humanos.

Estas brujitas se van poniendo más bonitas a medida que envejecen y eso no les gusta. Lo que admiran es a las 'cienañeras'. Pues como dijo una de las brujas más viejas de 900 años, y lo dijo con mucha envidia : "Todas las cienañeras son aterradoramente feítas".

Nuestra Brujita se alegró mucho de verse tan fea en el espejo, pues estaba muy despeinada y además la enfermedad la hacía ver más fea todavía.

Fué entonces cuando sintió una gran sed y mucho calor, se tomó un caldo mágico que tenía en el caldero y se sintió mucho mejor. El dolor de cabeza se le empezó a quitar y se le fué el mareo y la debilidad.

Pero el calor no se le quitó con la bebida caliente y fué entonces cuando decidió salir a dar un paseo volando en su escoba.

Afuera estaba muy oscuro, pero Brujita no sabía que hora era. Con el viento que da volar en una escoba se fué refrescando y empezó a sentirse feliz, contenta de la vida, de su juventud y de su horrible feura.

Mientras Brujita volaba en su escoba, la cabeza empezó a despejársele y entonces empezó a recordar que había pasado.

Le habían celebrado su fiesta de 'cienañera' y había sido la reina del bosque. La más fea de todas. Numerosos murciélagos y sapos habían sido invitados como músicos y habían bailado locamente cientos de brujitas.

La fiesta fué muy ruidosa y animada con ranas croando y chillidos aterradores que es la música de estas brujitas.

Pero lo último que Brujita podía recordar es que habían echado muchas hierbas y honguitos en un gran caldero al fuego. Y ella había tomado mucho de ese brebaje........

El cielo estaba muy oscuro pero de pronto cayó un rayo y todo se iluminó, volvió a caer otro rayo y era como la luz del día, pero el cielo se veía muy nublado.

Empezó una terrible tempestad y los rayos iluminaban el vuelo de nuestra Brujita. Había vientos horribles. Pero a todas las brujas les gustan las tempestades y ellas mismas las provocan y llaman.

Brujita creía que estaba de noche, pero los fuertes vientos se llevaran las nubes negras y entonces apareció un cielo esplendorosamente azul y un fuerte sol de mediodía.

Pero a las brujas no les gusta el Sol, ni la luz, ni el Mediodía y Brujita voló rapidamente de regreso a su casa.

Cuando llegó a su casa durmió y descansó un poco más de la fiesta tan loca y fatigosa en que había sido la Reina.

Ya empezaba a anochecer de verdad, cuando la despertaron unos gritos alegres de : "Viva Brujita !, Viva la más Fea !, Viva la Cienañera" y era un gran cantidad de brujitas jóvenes ( entre 90 y 110 años ) que venían a sacarla para hacer un vuelo de honor por su principal y más inolvidable cumpleaños.

La Brujita Buena

Que buena era la brujita Carmencita, entre todas la brujitas
que escondian los libros de los niños, les hacian comer muchos
dulces, y les hacian pelear, ella era la que intentaba que
las malitas, como Julieta, Panchita y Dorotea se portaran mejor.
Pero no, no servia de nada.

Las tres brujitas malas reian y reian al ver a los niños peleandose
y echandose la culpa los unos a los otros por aquel lapiz perdido,
por aquel libro roto, o por que le habian pegado con la pelota por
la espalda.

Pero eran ellas, no eran los niños los que cometian tales travesuras.

Que debo hacer pensaba Carmencita, con su gorrito muy largo rosado,
y su vestidito vaporoso verde y amarillo, despeinada de tanto correr
de un lado a otro siguiendo a sus hermanas, las brujitas malas, tan
malas que la hacian rabiar.

Hasta que un dia les dio una cucharada de su propia medicina.

A ver, a ver. Ya esta! tengo una ideal genial....

Mientras Julieta, Panchita y Dorotea dormian, Carmencita tomo sus
sombreros y sus varitas magicas, y las escondio en un armario muy
viejo que hace tiempo no abrian.

Se acosto tambien y se hizo la dormida.

Cuando se despertaron sus hermanas y fueron a ponerse sus sombreros
y a recoger sus varitas magicas, no las encontraron.

Como sabian que Carmencita no hacia esas cosas, sospecharon las unas
de las otras, entre ellas y comenzaron a pelear...

- Julieta, donde esta mi sombrero.
- Y como voy a saberlo yo, donde esta mi varita magica, tu la tienes, lo se.
- Dorotea, tu tienes mi sombrero, preguntaba Panchita muy enojada

Y las tres comenzaron a pelear.

En eso vieron a Carmencita riendose muy divertida, no podia parar de reir.
Abrio la puerta del armario y ahi estaban sus varitas y sombreros.

Las tres muy apenadas conversaron, y se dieron cuenta del mal que le
habian hecho a los niños al hacerles pelear sin razon.

Unieron sus manitas las tres y decidieron ser como Carmencita desde
ese momento.

- Gracias Carmencita, dijeron las tres al mismo tiempo.

- A su orden, contesto Carmencita muy orgullosa.

FIN

La bruja piruja.

Un buen día, hace ahora ya muchos y muchos años, los habitantes de la ciudad de Rosa se despertaron desconcertados por el ruido de las trompas del Rey, que abrían paso a los mensajeros, los cuales proclamaban:

- Por orden de su majestad, se hace saber la llegada a nuestra ciudad de la terrible bruja piruja. Con los adultos es inofensiva, pero dicen que tiene poder para eliminar a todos los niños que se le pongan por delante. Por tanto, por esta real orden, todos los niños se quedarán encerrados en su casa hasta que la bruja piruja haya desaparecido y, con ella, el peligro para nuestros pequeños.

Había en la ciudad dos hermanos, Dolors y Bernardo, que se sintieron muy contrariados al sentir el bando, porque tenían pensado ir al bosque a buscar fresas, que por esa época estaba lleno.

Como Dolors, además de valiente, que era muy lista, propuso a su hermano:

- Podríamos ir al bosque disfrazados de matorrales. La bruja no nos vería y podríamos coger las fresas que quisiéramos.

Parecían totalmente dos espanta pájaros, cubiertos de ramas y hojas. Nada más llegar al bosque, vieron a la bruja que bajaba desde su escoba. Lo peor de todo era que Edu, el hijo del leñador, iba a tonteando por allí persiguiendo mariposas.

Desde su escondite, los dos hermanos vieron que la bruja se mojaba un dedo con saliva y decía, tocando la cabeza del niño:

- En oruga te has de convertir...

Y Edu se convirtió en una oruga.

Bernardo y Dolors se quedaron tan sorprendidos y atemorizados que no se atrevían a moverse. Hacía mucho calor, vieron que la bruja se quitaba su gran sombrero acabado en punta y lo dejaba en un lado, para tumbarse encima de la hojarasca y hacer una siestecita.

- Si la bruja no tuviera saliva, no podría hacer desaparecer a ninguno otro niño- razonó Dolors con un hilo de voz.

¡Y cómo roncaba! Estaba feísima, con la boca abierta, aquella narizota tan fenomenal y las greñas enmarañadas y escampadas.

Dolors susurró al oído de su hermano, y mientras él vigilaba, muerto de miedo, la niña corrió hasta casa del albañil, cogió un saco de yeso y volvió al bosque. Por fortuna, la bruja todavía estaba con la boca abierta. Rápidamente, Dolors vació el paquete de yeso dentro de su boca.

La bruja se despertó y comenzó a gritar. Y resultó que, cuanto más gritaba, mejor se mezclaba el yeso que tenía en la garganta con su saliva, hasta que se formó un tapón que no dejó pasar ningún grito.

Dolors, plantada ante la bruja, dijo:

- Vieja piruja, cuando hayas devuelto a Edu y a todos los demás niños a su forma primitiva, te sacaré el yeso de la boca.

La bruja dijo que si a todas las condiciones, pero Bernardo no se fiaba bastante y Dolors fue a buscar a los soldados del rey, los cuales se encargaron de que cumpliera su palabra. Después, lanzaron al fuego su escoba y a ella la echaron lejos de las fronteras del Reino, y nunca más pudo hacer mal a nadie, porque se quedó con la boca seca.

Y a la ciudad de Rosa se celebran brillantes fiestas en honor de los valientes hermanos Bernardo y Dolors.

Fin

La bruja en "jet"

En esta casa ruinosa

vive una bruja canosa.

Hasta ayer tenía encerrado

un embrujo con candado.



El candado se rompió

y el embrujo se escapó.

¡Pobre bruja sin embrujo!

¿Se acabó el mal que produjo?



Esta bruja tonta y sola

no viaja más en escoba.

Y como lo puedes ver

ahora solo viaja en "jet".

¿Adónde ha ido a parar

esta señora en su andar?

Me lo ha dicho un mensajero

venido del extranjero.



En otra casa ruinosa

de una villa muy famosa,

ella instaló su taller,

con sus "cucos" otra vez.



Tiene una mona vestida

de mucama divertida,

y un sapito de portero,

que juega con un balero.



Pero no hace maleficios.

Ha perdido hasta su oficio

de armar líos ella sola.

¡Pobre bruja sin escoba!

La Bruja de la Televisión

La bruja apareció en la televisión y Tomás se asustó creyendo que en cualquier momento la bruja lo miraría directamente a los ojos para decirle que ella conocía todas las maldades que él había hecho durante ese día. Pero, la bruja encerrada dentro del televisor parece que ni siquiera se dio cuenta que Tomás la miraba y continuó como si nada, preparando sus embrujos.

Tomás entonces descansó un poco y se sintió mucho más tranquilo. Nadie le iba a contar a su mamá cuando llegara que se había comido todas las galletas que ella guardaba en la cocina, y podría perfectamente echarle la culpa a algún malvado ratón.

Además, nadie le diría tampoco del vidrio roto de la ventana del comedor, y él se podría hacer el leso como si no lo supiera.

Pero, entonces, cuando volvió de nuevo a poner atención a la televisión, de repente, la bruja lo apuntó a él directamente con su feo y arrugado dedo y con una voz de vieja bruja terrible le gritó: " pórtate bien o si no ..." Tomás no podía creerlo y se asustó tanto que cuando llegó su mamá lo primero que hizo fue contarle que él se había comido todas las galletas y quebrado el vidrio de la ventana del comedor.

El se esperaba un buen reto, pero en vez de eso su mamá le dio un gran abrazo y lo besó. No para felicitarlo por las maldades que había hecho, porque estaban mal, sino porque quería decirle con eso que estaba muy feliz de tener un hijo que fuera honesto y valiente y que se atreviera a decir siempre la verdad.

Y desde ese día Tomás se portó mucho mejor. No hizo más maldades y no le tuvo tampoco más miedo a la bruja de la televisión.

La Bruja Cocinera

Había una gran cabaña de madera en el bosque donde todo el mundo decía que vivía una bruja muy mala, muy mala. Nunca nadie se había atrevido a entrar. Un día mientras recogía hojas para un trabajo de su escuela, un chico se acercó a la cabaña. La curiosidad le llevó a entrar al jardín, y luego se acercó a una de las ventanas de la cabaña, pero no pudo ver nada. Como quería saber lo que había, pensó que no le pasaría nada, y entró en la casa. Parecía que estaba vacía que no había nadie. Pero al fondo divisó una viejecita que removía la cuchara junto al fuego. Se acercó con mucho cuidado, y la tocó en el hombro. -Buenas tardes, señora. - Hola muchacho - respondió ella. ¿ No tienes miedo de mi. ? La pobre anciana estaba muy arrugada y no tenía dientes. El muchacho dijo que no. La anciana se puso muy contenta e invitó al muchacho a merendar. Le contó que de joven había sido un hada buena, pero cuando se había hecho mayor todo el mundo creyó que era una bruja, y no podía ir a la ciudad. Ya se había acostumbrado a vivir sola en aquella cabaña, pero siempre le gustaba pensar que algún día alguien entraría a verla. Y así fue. Como el muchacho fue tan amable con ella, le dijo que le pidiera un deseo, pues se lo concedería. Y el muchacho de buen corazon viendo a la anciana tan contenta por su visita le pidió que su jardín se convirtiera en un parque infantil para niños. Y asi fue, todos los niños jugaban allí y la anciana les hacia la merienda, siendo muy feliz, muy feliz al saber que la gente ya no le tenía miedo. Y todo el mundo la llamaba cariñosamente la bruja cocinera.

(Consejo: No hables mal de otros niños sin conocerlos.)

LA BOTELLA DE CAÑA VACIA

Dos jinetes, como dos puntos negros, empiezan a horadar la soledad y la blancura de la llanura nevada. Sus caminos convergen y, a medida que avanzan, sus siluetas se van destacando con esa leve inquietud que siempre produce el encuentro de otro caminante en una huella solitaria.
Poco a poco las cabalgaduras se acercan. Uno de ellos es un hombre corpulento vestido con traje de chaquetón de cuero negro, montado sobre un caballo zaino, grueso y resistente a los duros caminos de la Tierra del Fuego. El otro, menudo, va envuelto en un poncho de loneta blanca, con pañuelo al cuello, y cabalga un roano malacara, que lleva de tiro un zaino peludo y bajo, perdido entre fardos de cueros de zorros.
-¡Buenas!
-¡Buenas! -se saludan al juntar sus cabalgaduras.
El hombre del chaquetón de cuero tiene una cara blanca, picoteada y deslavada, como algunos palos expuestos a la intemperie. El del poncho, una sonrosada y tierna, donde parpadean dos ojillos enrojecidos y húmedos, cual si por ellos acabara de pasar el llanto.
-¿Qué tal la zorreada? -pregunta el cara de palo, con una voz colgada y echando una rápida ojeada al carguero que lleva las pieles.
-¡Regular no más! -contesta el cazador, depositando una mirada franca en los ojos de su acompañante que, siempre de soslayo, lo mira por un instante.
Continúan el camino sin hablar, uno al lado del otro. La soledad de la pampa es tal, que el cielo, gris y bajo, parece haberse apretado a la tierra que ha desplazado todo rastro de vida en ella y dejado solo y más vivo ese silencio letal, que ahora es horadado sólo por los crujidos de las patas de los caballos en la nieve.
Al cabo de un rato el zorrero tose nerviosamente.
-¿Quiere un trago? -dice, sacando una botella de una alforja de lana tejida.
-¿Es caña?
-¡De la buena! -replica el joven pasándole la botella.
La descorcha y bebe gargareando lentamente. El joven la empina a su vez, con cierta fruición que demuestra gustarle la bebida, y continúan de nuevo en silencio su camino.
-¡Ni una gota de viento! -dice de pronto el sorrero, después de otra tos nerviosa, tratando de entablar conversación.
-¡Mm…, mm…! -profiere el hombre del chaquetón como si hubiera sido fastidiado.
El zorrero lo mira con más tristeza que desabrimiento y comprendiendo que aquel hombre parece estar ensimismado en algún pensamiento y no desea ser interrumpido, lo deja tranquilo y sigue, silenciosamente, a su lado, tratando de buscar uno propio también en el cual ensimismarse.
Van juntos por un mismo camino; pero más juntos que ellos van los caballos, que acompasan el ritmo de sus trancos, echando el zaino de cuando en cuando una ojeada que le devuelve el malacara, y hasta el carguero da su trotecito corto para alcanzar a sus compañeros cuando se queda un poco atrás.
Pronto el zorrero encuentra el entretenimiento con que su imaginación viene solazándose desde hace dos años. Esta vez los tragos de caña dan más vida al paisaje que su mente suele recorrer; éste es el de una isla, verde como una esmeralda, allá en el fondo del archipiélago de Chiloé, y en medio de ella el blanco delantal de Elvira, su prometida, que sube y baja entre el mar y el bosque, como el ala de una gaviota o la espuma de una ola. ¡Cuántas veces este ensueño le hizo olvidar hasta los mismos zorros, mientras galopaba por los parajes donde armaba sus trampas! ¡Cuántas veces cogido por una extraña inquietud remontaba con sus caballos las colinas y las montañas, porque cuanto más subía más cerca se hallaba de aquel lugar amado!
De muy diversa índole son las cosas que el trago de caña aviva en la imaginación del otro. Un recuerdo, como un moscardón empecinado que no se logra espantar, empieza a rondar la mente de aquel hombre, y junto con ese recuerdo, una idea angustiosa comienza también a empujarlo, como el vértigo, a un abismo. Se había prometido no beber jamás, tanto por lo uno como por la otra; pero hace tanto frío y la invitación fue tan sorpresiva, que cayó de nuevo en ello.
El recuerdo tormentoso data desde hace más de cinco años. Justamente los que debían haber estado en la cárcel si la policía hubiera descubierto al autor del crimen del austríaco Bevan, el comprador de oro que venía del Páramo y que fue asesinado en ese mismo camino, cerca del manchón de matas negras que acababan de cruzar.
¡Cosa curiosa! El tormento del primer golpe de recuerdos poco a poco va dando paso a una especie de entretenimiento imaginativo, como el del zorrero. No se necesitaba -piensa- tener mucha habilidad para cometer el crimen perfecto en aquellas lejanas soledades. La policía, más por procedimiento que por celo, busca durante algún tiempo y luego deja de indagar. ¿Un hombre que desaparece? ¡Si desaparecen tantos! ¡Algunos no tienen interés en que se les conozca ni la partida, ni la ruta, ni la llegada! ¡De otros se sabe algo sólo porque la primavera descubre sus cadáveres debajo de los hielos!
La tos nerviosa del cazador de zorros vuelve a interrumpir el silencio.
-¿Otro trago? -invita, sacando la botella.
El hombre del chaquetón de cuero se remueve como si por primera vez se diera cuenta de que a su lado viene alguien. El zorrero le pasa la botella, mientras sus ojos parpadean con su tic característico.
Aquél descorcha la botella, bebe, y esta vez la devuelve sin decir siquiera gracias. Una sombra de malestar, tristeza o confusión vuelve a cruzar el rostro del joven, quien a su vez bebe dejando la botella en la mitad.
El tranco de los caballos continúa registrándose monótonamente en el crujido de la nieva, y cada uno de los hombres prosigue con sus pensamientos, uno al lado del otro.
"Con esta última zorreada completaré la plata que necesito para dejar la Tierra del Fuego -piensa el zorrero-. Al final de la temporada, iré a mi isla y me casaré con Elvira". Al llegar a esta parte de su acostumbrado sueño, entrecierra los ojos, dichoso, absolutamente dichoso, porque después de ese muro de dicha ya no había para él nada más.
En el otro no había muro de dicha; pero sí un malsano placer, y como quien se acomoda en la montura para reemprender un largo viaje, acomoda su imaginación desde el instante, ya lejano, en que empezó ese crimen.
Fue más o menos en ese mismo lugar donde se encontró con Bevan; pero las circunstancias eran diferentes.
En el puesto de Cerro Redondo supo que el comprador de oro iba a cruzar desde el Páramo, en la costa atlántica, hasta río del oro, en la del pacífico, donde debía tomar el barco para trasladarse a Punta Arenas.
En San Sebastián averiguó la fecha de la salida del barco, y calculando el andar de un buen caballo se apostó anticipadamente en el lugar por donde debía pasar.
Era la primera vez que iba a cometer un acto de esa índole y le extrañó la seguridad con que tomó su decisión, cual si se hubiera tratado de ir a cortar margaritas al campo, y más aún, la serenidad con que lo planeó.
Sin embargo, un leve descubrimiento, algo helado, lo conmovía a veces por unos instantes; pro esto lo atribuía más bien al hecho de que no sabía con quién tenía que habérselas. Un comprador de oro no podía ser un carancho cualquiera si se aventuraba solo por aquellos parajes. Pero a la vez le decía que ese desasosiego, eso algo helado, le venía de más adentro. Sin embargo, no se creía cobarde ni lerdo de manos; ya se lo había probado en Policarpo, cuando por culpa de unos naipes marcados tuvo que agarrarse a tiros con varios, dando vuelta definitivamente a uno.
Claro que ahora no se trataba de una reyerta. ¡Era un poco distinto matar a sangre fría a un hombre para quitarle lo que llevaba, a hacerle lo mismo jugándole al monte!
¿Pero qué diablos iba a hacerle! La temporada de ese año había estado mala en la Tierra del Fuego. Era poco menos que imposible introducir un "zepelín" en una estancia. Y ya la gente no se apiñaba a su alrededor cuando baraja en mano invitaba con ruidosa cordialidad "hagamos un jueguito, niños, para entretenernos". Además, muchos eran ya los que habían dejado uno o más años de sudores en el "jueguito", y cada vez se hacía más difícil volver a pasar por los lugares donde más de una exaltada víctima había sido contenida por el caño de su Colt.
Tierra del Fuego ya no daba para más, y el "negocio" de Bevan era una buena despedida para "espiantar" al otro lado del Estrecho, hacia la Patagonia.
"¡Bah!… -se dijo la mañana en que se apostó a esperar al comprador de oro y como para apaciguar ese algo helado que no dejaba de surgir de vez en cuando desde alguna parte de su interior-. Si él me hubiera jugado al monte le habría ganado hasta el último gramo de oro, y al fin y al cabo todo hubiera terminado en lo mismo, en un encontrón en el que iba a quedar parado sólo el más vivo".
Cuando se tendió al borde de una suave loma para ver aparecer en la distancia al comprador de oro, una bandada de avutardas levantó el vuelo como un pedazo de pampa que se desprendiera hacia el cielo y pasó sobre su cabeza disgregándose en una formación triangular. Las contempló, sorprendido, como si viera alejarse algo de sí mismo de esa tierra; era una bandada emigratoria que dirigía su vuelo en busca del norte de la Patagonia. Cada año ocurría lo mismo: al promediar el otoño todos esos pájaros abandonaban la Tierra del Fuego y sólo él y las bestias quedaban apegados a ella; pero ahora él también volaría, como las avutardas, en busca de otros aires, de otras tierras y quién sabe si de otra vida…
¿Nunca vio tan bien el pasto como esa tarde! La pampa parecía un mar de oro amarillo, rizado por la brisa del oeste. ¡Nunca se había dado cuenta de la presencia tan viva de la naturaleza! De pronto, en medio de esa inmensidad, por primera vez se dio cuanta de sí mismo, como si de súbito hubiera encontrado otro ser dentro de sí. Esta vez, eso algo helado surgió más intensamente dentro de él y lo hizo temblar. A punto estuvo de levantarse, montar a caballo y huir a galope tendido de ese lugar, mas echó mano atrás, sacó una cantimplora tableada, desatornilló la tapa de aluminio y bebió un trago de la caña con que solía espantar el frío y que en esta ocasión espantó también ese otro frío que le venía desde adentro.
A media tarde surgió en lontananza un punto negro que fue destacándose con cierta nitidez. Inmediatamente se arrastró hondonada abajo, desató las maneas del caballo, montó y partió al tranco, como un viajero cualquiera. Escondiéndose detrás de la loma, endilgó su cabalgadura de manera que pudo tomar la huella por donde venía el jinete, mucho antes de que éste se acercara.
Continuó en la huella con ese tranco cansino que toman los viajeros que no tienen apuro en llegar. Se dio vuelta una vez a mirar, y por la forma en que el jinete había acortado la distancia se percató de que venía en un buen caballo trotón y de que llevaba otro de tiro, alternándolos en la montura de tiempo en tiempo.
Sacó otra vez la cantimplora, se empinó otro trago de caña y se sintió más firme en los estribos.
"Si con ese trote pasa de largo -pensó-, me será más fácil liquidarlo de atrás. Si se detiene y seguimos juntos el camino, la cosa se hará más difícil".
El caballo fue el primero en percibir el trote que se acercaba; paró las orejas y las movió como dos pájaros asustados. Luego él también sintió el amortiguado trapalón de los cascos de los caballos sobre la pampa; fue un golpe sordo que llegó a repercutirle extrañamente en el corazón. De pronto le pareció que el atacado iba a ser él, y sin poderse contener dio vuelta la cabeza para mirar. Un hombre grande, entrado en años, con el rítmico trote inglés, avanzaba sobre un caballo negro empapado de sudor y espuma; a su lado trotaba un alazán tostado, de relevo. Notó una corpulencia armónica entre el hombre y sus bestias, y por un momento se acobardó ante la vertiginosa presencia del que llegaba.
Ya encima, los trotones se detuvieron de golpe en una sofrenada, a la izquierda de él. A pesar de que había dejado un lugar para que pasara a su derecha, el comprador de oro se ladeó prudentemente hacia el otro lado.
Le pareció más un vagabundo de las huellas que un comerciante de oro. Boina vasca, pañuelo negro al cuello, amplio blusón de cuero, pantalones bombachos y botas de potro por cuyas cañas cortas se asomaban burdas medias de lana blanca. Esta vestimenta, vieja, raída y arrugada, armonizaba con el rostro medio barbudo, largo y cansado; sin embargo, en una rápida ojeada percibió un brillo penetrante en los ojos y un mirar soslayado que delataban una energía oculta o domeñada, que podía movilizar vigorosamente, cual un resorte, toda esa corpulencia desmadejada en un instante.
-¡Buenas tardes! -dijo, poniéndose al tranco de la otra cabalgadura.
-¡Buenas! -le contestó.
-¿A San Sebastián?
-¡No, para China Creek!
El acento con que se entrecruzó este diálogo no lo olvidaría jamás, pues le extrañó hasta el sonido de su propia voz. Sintió que lo miraba de arriba abajo buscándole la vista; pero él no se la dio, y así siguieron, silenciosos, uno al lado del otro, al tranco de sus cabalgaduras, amortiguado por el césped del pasto coirón.
De pronto, con cierta cautelosa lentitud, deslizó su mano hacia el bolsillo de atrás. Se dio cuenta de que el comprador de oro percibió el movimiento con el rabillo del ojo, y, a la vez, con una rapidez y naturalidad asombrosas, introdujo también su mano izquierda por la abertura del blusón de cuero. Ambos movimientos fueron hechos casi al unísono. Pero él sacó de su bolsillo de atrás la cantimplora de caña… y se la ofreció desatornillándola.
-¡No bebo, gracias! -contestóle, sacando a su turno, lentamente, un gran pañuelo rojo con el que sonó ruidosamente las narices.
Quedaron un rato en suspenso. El trago de caña le hizo recuperar la calma perdida por aquel instante de emoción; mas no bien se hubo repuesto, el comprador, sin perderle de vista un momento, espoleó su cabalgadura y apartándose en un rápido esguince hacia la izquierda, le gritó:
-¡Hasta la vista!
-¡Hasta la vista! -le contestó: pero al mismo tiempo un golpe de angustia violento cogió todo su ser y vio el cuerpo de su víctima, sus ropas, su cara, sus caballos mismos, en un todo obscuro, como el boquete de un abismo, cual el imán de un vértigo que lo atraía desesperadamente, y sin poderse contener, casi sin mover la mano que afirmaba en la cintura, sacó el revólver que llevaba entre el cinto y el vientre y disparó casi a quemarropa, alcanzando a su víctima en pleno esguince. Con el envión que llevaba, el cuerpo del comprador de oro se ladeó a la izquierda y cayó pesadamente al suelo, mientras sus caballos disparaban despavoridos por el campo.
Detuvo su caballo. Cerró sus ojos para no ver a su víctima en el suelo, y se hundió en una especie de sopor, del cual fue saliendo con un profundo suspiro de alivio, cual si acabara de traspasar el umbral de un abismo o de terminar la jornada más agotadora de su vida.
Volvió a abrirlos cuando el caballo quiso encabritarse a la vista del cadáver, y se desmontó, ya más serenado.
Los ojos del comprador de oro habían quedado medio vueltos, como si hubieran sido detenidos en el comienzo de un vuelo.
La conmoción lo agotó; pero después del vértigo tan intenso cayó en una especie de laxitud, en medio de la cual, más sensible que nunca, fue percibiendo lentamente ese algo helado que le venía desde adentro. Se estremeció, miró al cielo y le pareció ver en él una inmensa trizadura, azul y blanca, como la que había en los descuajados ojos de Bevan.
Del cielo volvió su mirada a la yerta del cadáver, y sin darse cuenta de lo que iba a hacer, se acercó, lo tomo, lo alzó como un fardo, y al ir a colocarlo sobre la montura de su caballo, éste dio un salto y huyó desbocado campo afuera, dejándole el cadáver en los brazos.
Estático, se quedó con él a cuestas; pero pesaba tanto, que para sostenerlo cerró los ojos haciendo un esfuerzo; esfuerzo que se fue transformando en un dolor; dolor que se diluyó en un desconsuelo infantil, sintiéndose inmensamente solo en medio de un mundo descorazonado y hostil. Cuando los abrió, el pasto de la pampa tenía un color brillante, enhiesto y rojo, como una sábana de fuego que le quemara los ojos. Miró a su alrededor, desolado, y como a cien metros vio un grupo de matas negras. Quiso correr hasta ellas para ocultar el cadáver; quiso huir en la dirección en que había partido el caballo; pero no pudo, dio solo unos cuantos pasos vacilantes, y para no caer, se sentó sobre el pasto. Tembloroso, desatornilló la cantimplora y bebió el resto de la caña. Luego, más repuesto, se levantó siempre obsesionado por la idea de esconder el cadáver, y no encontrando dónde lo poseyó un furor, otro abismo y otro vértigo y, sacando de la entrebota un cuchillo descuerador, despedazó a su víctima como si fuera una res.
En el turbal que quedaba detrás de unas matas negras, levantó varios champones y fue ocultando los trozos envueltos en las ropas. Cuando vio que sobre la turba no quedaba más que la cabeza, lo asaltó de súbito un pensamiento que lo enloqueció de espanto: ¡El oro! ¡No se había acordado de él!
Miró. Sobre la turba pardusca no quedaba más que la cabeza de Bevan, mirando con sus ojos descuajados. No pudo volver atrás. Ya no daba más, el turbal entero empezó a temblar bajo sus pies; las matas negras, removidas por el viento, parecían huir despavoridas, como si fueran seres; la pampa aceró su fuego, y la trizadura azul y blanca se hendió más en el cielo. Tomó la cabeza entre sus manos para enterrarla; pero no halló donde; todo huía, todo temblaba; la trizadura que veía en los ojos cadavéricos y en la comba del cielo empezó a trizar también los suyos. Parpadeó, y las trizaduras aumentaron; mil agujillas de trizaduras de luz traspasaron su vista, le cerraron todo el horizonte, y entonces, como una bestia enceguecida, corrió detrás de las matas negras que huían, alcanzó a tirar la cabeza en medio de ellas, y siguió corriendo hasta caer de bruces sobre la pampa, trizado él también por el espanto.
-¿Qué tiene? ¡Está temblando! -irrumpe el joven zorrero al ver que su compañero de huella tirita, mientras gruesas gotas de sudor le resbalaban por la sien.
-¡Oh!… -exclama sobresaltado, y, como reponiéndose de un susto, se abre en su cara por primera vez una sonrisa, helada, como la de los muertos empalados, dejando salir la misma voz estragada- ¡La caña…, la caña para el frío me dio más frío!…
-Si quiere, queda un poco todavía -le dice el zorrero, sacando la botella y pasándosela.
La descorcha, bebe y la devuelve.
"¡Pero, a éste lo mato como a un chulengo", de un rebencazo!", piensa, sacudiéndose en la montura, mientras la caña le recorre el cuerpo con la misma y antigua onda maléfica. -¿Le pasó el frío? -dice el joven, tratando de entablar conversación.
-Ahora sí.
-Ésta es mi última zorreada. De aquí me voy al norte a casarme.
-¿Ha hecho plata?
-Sí, regular.
"Éste se entrega solo, como un cordero", piensa para sus adentros, templado ya hasta los huesos por el trago de caña.
-¡Hace cinco años yo pasaba también por este mismo lugar para irme al norte y perdí toda mi plata!
-¿Cómo?
-No sé. La traía en oro puro.
-¿Y no la encontró?
-¡No la busqué! ¡Había que volver para atrás y no pude!
El cazador de zorros se lo quedó mirando, sin comprender.
-¡Buena cosa, dicen que la Tierra del Fuego tiene maleficio! !Siempre le pasa algo al que se quiere ir!
-¡De aquí creo que no sale nadie! -dijo, mirando de reojo el cuello de su víctima, y pensando que era como el de un guanaquito que estaba al alcance de su mano. "Bah… -continuó pensando-, esta vez sí que no me falla! ¡El que se va a ir de aquí voy a ser yo y no él! ¡La primera vez no más cuesta; después es más fácil, y ya no se me pondrá la carne de gallina!"
El silencio vuelve a pesar entre los hombres, y no hay más ruido que el monótono fru-fru de los cascos de los caballos en la nieve.
"¡Ahora, ahora es el momento de despachar a este pobre diablo de un rebencazo en la nuca!", piensa, mientras la caña ha aflojado y la olvidada onda helada vuelve a surgir de su interior; pero esta vez más leve; como más lento y sereno es también el nuevo vértigo que empieza a cogerlo y no le parece tan grande el umbral del abismo que va a traspasar.
Con un vistazo de reojo mide la distancia. Da vuelta el rebenque, lo toma por la lonja, y afirma la cacha sobre la montaña, disimuladamente. Ajeno a todo, el zorrero sólo parece pensar en el monótono crujido de los cascos en la nieve.
"!A éste no hay nada que hacerle, la misma nieve se encargará de cubrirlo!", se dice, dispuesto ya a descargar el golpe.
Contiene levemente las riendas para que su cabalgadura atrase el paso y… entre ese parpadeo él ve, idénticos, patéticos, los ojos de Bevan, la honda trizadura del cielo, la mirada trizada de la cabeza tronchada sobre la turba; las mil trizaduras que como agujillas vuelven a empañarle la vista, y, enceguecido, en vez de dar el rebencazo sobre la nuca de su víctima, lo descarga sobre el anca de su caballo, entierra la espuela en uno de los ijares y la bestia de un brinco de costado, resbalándose sobre la nieve. Con otra espoleada, el corcel logra levantarse y se estabiliza sobre sus patas traseras.
-¡Loco el pingo! ¿Qué le pasa? .exclama el zorro, sorprendido.
-¡Es malo y espantadizo este chuzo! -contesta, volviendo a retomar la huella.
Vuelve a reinar el silencio, solo, pesado, vivo, y a escucharse el crujido de los cascos en la nieve; pero poco a poco un leve rumor comienza también a acompasar al crujido: es el viento del oeste que empieza a soplar sobre la estepa fueguina.
El zorrero se arrebuja en su poncho de loneta blanca. El otro levanta el cuello de su chaquetón de cuero negro. En la distancia, como una brizna caída en medio de esa inmensidad, empieza a asomar una tranquera. Es la hora del atardecer. El silbido del viento aumenta. El zorrero se encoge y de su mente se espanta el blanco delantal de Elvira, como la espuma de una ola o el ala de una gaviota arrastrada por el viento. El otro lado levanta su cara de palo como un buey al que le han quitado un yugo y la pone contra las ráfagas. Y ese fuerte viento del oeste, que todas las tardes sale a limpiar el rostro de la Tierra del Fuego, orea también esta vez esa dura faz, y barre de esa mente el último vestigio de alcohol y de crimen.
Han traspasado la tranquera. Los caminos se bifurcan de nuevo. Los dos hombres se miran por última vez y se dicen.
-¡Adiós!
-¡Adiós!
Dos jinetes, como dos puntos negros, empiezan a separarse y a horadar de nuevo la soledad y la blancura de la llanura nevada.
Junto a la tranquera queda una botella de caña, vacía. Es el único rastro que a veces deja el paso del hombre por esa lejana región.

La bola de cristal

Vivía en otros tiempos una hechicera que tenía tres hijos, los cuales se amaban como buenos hermanos; pero la vieja no se fiaba de ellos, temiendo que quisieran arrebatarle su poder. Por eso transformó al mayor en águila, que anidó en la cima de una rocosa montaña, y sólo alguna que otra vez se le veía describiendo amplios círculos en la inmensidad del cielo. Al segundo lo convirtió en ballena, condenándolo a vivir en el seno del mar, y sólo de vez en cuando asomaba a la superficie, proyectando a gran altura un poderoso chorro de agua. Uno y otro recobraban su figura humana por espacio de dos horas cada día. El tercer hijo, temiendo verse también convertido en alimaña, oso o lobo, por ejemplo, huyó secretamente.

Habíase enterado de que en el castillo del Sol de Oro residía una princesa encantada que aguardaba la hora de su liberación; pero quien intentase la empresa exponía su vida, y ya veintitrés jóvenes habían sucumbido tristemente. Sólo otro podía probar suerte, y nadie más después de él. Y como era un mozo de corazón intrépido, decidió ir en busca del castillo del Sol de Oro.

Llevaba ya mucho tiempo en camino, sin lograr dar con el castillo, cuando se encontró extraviado en un inmenso bosque. De pronto descubrió a lo lejos dos gigantes que le hacían señas con la mano, y cuando se hubo acercado, le dijeron:

- Estamos disputando acerca de quién de los dos ha de quedarse con este sombrero, y, puesto que somos igual de fuertes, ninguno puede vencer al otro. Como vosotros, los hombrecillos, sois más listos que nosotros, hemos pensado que tú decidas.

- ¿Cómo es posible que os peleéis por un viejo sombrero? -exclamó el joven.

- Es que tú ignoras sus virtudes. Es un sombrero milagroso, pues todo aquel que se lo pone, en un instante será transportado a cualquier lugar que desee.

- Venga el sombrero -dijo el mozo-. Me adelantaré un trecho con él, y, cuando llame, echad a correr; lo daré al primero que me alcance.

Y calándose el sombrero, se alejó. Pero, llena su mente de la princesa, olvidóse en seguida de los gigantes. Suspirando desde el fondo del pecho, exclamó:

- ¡Ah, si pudiese encontrarme en el castillo del Sol de Oro! -y, no bien habían salido estas palabras de sus labios, hallóse en la cima de una alta montaña, ante la puerta del alcázar.

Entró y recorrió todos los salones, encontrando a la princesa en el último. Pero, ¡qué susto se llevó al verla!. Tenía la cara de color ceniciento, lleno de arrugas; los ojos, turbios, y el cabello, rojo.

- ¿Vos sois la princesa cuya belleza ensalza el mundo entero?

- ¡Ay! -respondió ella-, ésta que contemplas no es mi figura propia. Los ojos humanos sólo pueden verme en esta horrible apariencia; mas para que sepas cómo soy en realidad, mira en este espejo, que no yerra y refleja mi imagen verdadera.

Y puso en su mano un espejo, en el cual vio el joven la figura de la doncella más hermosa del mundo entero; y de sus ojos fluían amargas lágrimas que rodaban por sus mejillas. Díjole entonces:

- ¿Cómo puedes ser redimida? Yo no retrocedo ante ningún peligro.

- Quien se apodere de la bola de cristal y la presente al brujo, quebrará su poder y me restituirá mi figura original. ¡Ay! -añadió-, muchos han pagado con la vida el intento, y, viéndote tan joven, me duele ver el que te expongas a tan gran peligro por mí.

- Nada me detendrá -replicó él-, pero dime qué debo hacer.

- Vas a saberlo todo -dijo la princesa-: Si desciendes la montaña en cuya cima estamos, encontrarás al pie, junto a una fuente, un salvaje bisonte, con el cual habrás de luchar. Si logras darle muerte, se levantará de él un pájaro de fuego, que lleva en el cuerpo un huevo ardiente, y este huevo tiene por yema una bola de cristal. Pero el pájaro no soltará el huevo a menos de ser forzado a ello, y, si cae al suelo, se encenderá, quemando cuanto haya a su alrededor, disolviéndose él junto con la bola de cristal, y entonces todas tus fatigas habrán sido inútiles.

Bajó el mozo a la fuente, y en seguida oyó los resoplidos y feroces bramidos del bisonte. Tras larga lucha consiguió traspasarlo con su espada, y el monstruo cayó sin vida. En el mismo instante desprendióse de su cuerpo el ave de fuego y emprendió el vuelo; pero el águila, o sea, el hermano del joven, que acudió volando entre las nubes, lanzóse en su persecución, empujándola hacia el mar y acosándola a picotazos, hasta que la otra, incapaz de seguir resistiendo, soltó el huevo. Pero éste no fue a caer al mar, sino en la cabaña de un pescador situada en la orilla, donde en seguida empezó a humear y despedir llamas. Eleváronse entonces gigantescas olas que, inundando la choza, extinguieron el fuego. Habían sido provocadas por el hermano, transformado en ballena, y, una vez el incendio estuvo apagado, nuestro doncel corrió a buscar el huevo, y tuvo la suerte de encontrarlo. No se había derretido aún, mas, por la acción del agua fría, la cáscara se había roto y, así, el mozo pudo extraer, indemne, la bola de cristal.

Al presentarse con ella al brujo y mostrársela, dijo éste:

- Mi poder ha quedado destruido, y, desde este momento, tú eres rey del castillo del Sol de Oro. Puedes también desencantar a tus hermanos, devolviéndoles su figura humana.

Corrió el joven al encuentro de la princesa y, al entrar en su aposento, la vio en todo el esplendor de su belleza y, rebosantes de alegría, los dos intercambiaron sus anillos.

Fin.

La Bobina Maravillosa

Erase un principito que no quería estudiar. Cierta noche, después de haber recibido una buena regañina por su pereza, suspiró tristemente diciendo:

--¡Ay! ¿Cuánto seré mayor para hacer lo que me apetezca?

Y he aquí que, a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama una bobina de hilo de oro de la que salió una débil voz:

--Trátame con cuidado, príncipe. Este hilo representa la sucesión de tus días. Conforme vayan pasando, el hilo se irá soltando. No ignoro que deseas crecer pronto... Pues bien, te concedo el don de desenrollar el hilo a tu antojo, pero todo aquello que hayas desenrollados no podrás ovillarlo de nuevo,, pues los días pasados no vuelven.

El príncipe para cercionarse, tiró con ímpetu del hilo y se encontró convertido en un apuesto príncipe. Tiró un poco más y se vio llevando la corona de su padre.

¡Era rey! Con un nuevo tironcito, inquirió:

--dime, bobina, ¿cómo serán mi esposa y mis hijos?

En el mismo instante una bellísima joven y cuatro niños surgieron a su lado. Sin pararse a pensar, su curiosidad se iba apoderando de él y siguió soltando más hilo para saber como serían sus hijos de mayores.

De pronto se miró al espejo y vio la imagen de un anciano decrépito, de escasos cabellos nevados. Se asustó de sí mismo y del poco hilo que quedaba en la bobina. ¡Los instantes de su vida estaban contados! Desesperadamente, intentó enrollar el hilo en el carrete, pero sin lograrlo. Entonces la débil vocecilla que ya conocía, habló así:

- Has desperdiciado tontamente tu existencia. Ahora ya sabes que los días perdidos no pueden recuperarse. Has sido un perezoso al pretender pasar por la vida sin molestarte en hacer el trabajo de todos los días. Sufre, pues, tu castigo.

El rey, tras un grito de pánico, cayó muerto: había consumido la existencia sin hacer nada de provecho.

Fin

La blanca gaviota y el travieso sol

Erase una bella gaviota tan blanca, pero tan blanca, que al pasar por una nube no se veía, porque se confundía con el color de las nubes.

Todas las mañanas al despertarse, salía volando en dirección al Sol, buscando nuevas aventuras. Ella sabía que en la mañana el Sol salía por el Oriente, y que si volaba hacia él, iría alejándose de su casa. También sabía que por las tardes el Sol se ponía por el Occidente, y que si se dirigía hacia él, iría a su casa. Por esta razón nuestra amiga jamás se perdía.

Se cuenta que un día el Sol amaneció contento y con ganas de hacer alguna travesura. Se trazó un plan y se propuso jugarle una broma a nuestra amiga la gaviota. Ese día el Sol salió como siempre por el Oriente, pero en el plan estaba calculado no ponerse por el Occidente sino por el Sur. -¡imagínense lo que pasará con esta loca travesura!-. Al amanecer, nuestra amiga se enrumbó como de costumbre hacia el Oriente, contenta como siempre mirando el mar y a los muchos peces haciendo piruetas; le agradaba ver las rocas en la orilla del mar y de vez en cuando parloteaba con otras gaviotas que venían de otros sitios. Ese día almorzó sobre una roca que estaba situada en el medio del mar, mientras escuchaba como el mar con violentas olas iba y venía. Así, después de tanto ajetreo, se dedicó a esperar que el Sol se ocultara por el Oeste para que le sirviera de guía una vez más en su regreso a casa. Al rato levantó vuelo y se dirigió al Sol, pero éste siguiendo su plan de jugarle una mala pasada, no se estaba poniendo por el Oeste sino por el Sur, tal y como lo había decidido. Nuestra amiga tal vez un poco cansada no se percató que su vuelo iba directo a las montañas.

Ella se dió cuenta que no encontraba su casa, sólo veía montañas, bosques y árboles, pero su casa no se veía por ninguna parte. Cansada de volar decidió pararse a descansar y tratar de entender lo que pasaba.

Al posarse sobre un árbol encontró a una graciosa ardilla que al ver la gaviota se asustó, pues nunca había visto un ave de mar por tierra.

¿Qué estás haciendo tú por aquí, tan lejos de tu mundo?, le preguntó la ardillita.

Realmente no entiendo lo que pasa, todos los días para regresar a mi casa me guío por el Sol, pero en esta oportunidad me perdí en el camino, estoy en un lugar desconocido. ¿Qué hago ahora?, preguntó la extraviada gaviota.

Sólo alguien con todo el conocimiento necesario, podría ayudarte y en el bosque, solo el señor sabio Don Juan Lechuza es capaz de encontrarle una solución a ese terrible problema, le dijo la ardillita.

¿Y dónde puedo encontrar al señor sabio Don Juan Lechuza?, le preguntó la gaviota.

El se encuentra en el árbol más, pero más grande del bosque, y en la punta más, pero más alta, le respondió la ardillita.

La gaviota emprendió el vuelo, no sin antes despedirse de su apreciada amiga quien, aparte de darle una información que podía ayudarla mucho, le había dado además tranquilidad y esperanza, al ofrecerle una solución al problema.

Tan sólo tenia que encontrar al señor sabio Don Juan Lechuza, y para ello necesitaba encontrar el árbol más alto del bosque. Se dijo a si misma: ¿Cómo puedo encontrar el árbol más alto del bosque?. Bueno, creo que eso no es dificil; subiré volando a lo más alto y el pico del árbol que se vea más, será porque es el más alto, y así lo hizo. Ascendió rapidísimo hasta lo más alto y desde allí vió cual era el pico que más sobresalía y se dirigió hasta ese pico, se posó en el árbol y llamó al señor sabio Don Juan Lechuza, pero nadie respondía; repitió su llamado pero en ese árbol no había respuesta.

Busco el árbol más alto y no entiendo porqué si este es el que más se ve desde la altura, no es el más alto.

Nuestro amigo el carpintero le resolvió el problema:

Este árbol parece el más alto, pero no lo es, porque está ubicado en la loma más elevada de la montaña, pero los árboles más altos están en las bases de las montañas e igualan a los de la punta o parecen más pequeños porque al estar en la base, los de la cima parecen más altos. ¡Pues claro! - dijo la gaviota, pero ahora ¿Cómo encontraré el árbol más alto?.

Nuestro amigo el carpintero le dijo:

El árbol más alto es el más viejo y el más viejo es el más duro, porque los árboles al crecer van colocando más y más capas de corteza alrededor de ellos mismos y por eso son los más duros. Veamos, yo he picado todos los árboles de éste bosque y puedo decirte que el más duro es el Sr. Roble, que está en la base de la montaña, pegado a la ladera del río.

La gaviota se emocionó toda, agradeció de mil maneras a nuestro amigo el carpintero y se dirigió hacia el árbol más grande, el Sr. Roble.

Al llegar a él, inmediatamente empezó a buscar al señor sabio Don Juan lechuza, pero el árbol era gigantesco, iba a tener que buscar mucho hasta encontrarlo. Buscaba y buscaba, y no lo hallaba. Se encontró con el Señor Saltamontes, pero al acercársele a él, pegó un salto tan grande que ni siquiera pudo ver a dónde se había ido. Se encontró con el Sr. Grillo, pero éste sólo grillaba pidiendo agua y no pudo entenderse con él. Al fin se consiguió con alguien que hablaba algo que ella entendía, era el Sr. Gavilán, fuerte y poderoso, la miró de arriba a abajo y le preguntó: ¿Qué haces por aquí?

Nuestra amiga la gaviota le contestó: Busco al señor sabio Don Juan Lechuza.

El gavilán le responde: Al sabio no le gusta, ni necesita la luz; debes buscarlo en las zonas más oscuras del árbol. ¡Claro!, dijo la gaviota, a las lechuzas no les gusta la luz, el debe estar en las zonas más oscuras.

Velozmente se dirigió a las zonas oscuras del árbol y allí por fin encontró al señor sabio Don Juan Lechuza. ¡Señor sabio, señor sabio!, por favor, ¡Podría usted ayudarme?, tengo mucho tiempo buscándolo para ver si puede ayudarme a encontrar el camino de regreso a casa. Vea, señor sabio, estoy perdida desde ayer cuando salí como siempre a ver el mar.

Nuestro amigo el señor sabio se volteó lentamente, como siempre hacen las lechuzas, abrió un solo ojo y vió a nuestra desesperada amiga que estaba solicitando su ayuda, y le dijo: Tu eres una gaviota marina, blanca como las nubes, solo comes pescado y vives en las rocas de las montañas que están al borde del mar, hazme el favor de decirme ¿Qué haces por aquí tan lejos de tu casa?.

La gaviota le explicó con detalles todo lo ocurrido y nuestro amigo el Buho se puso a pensar, había que buscar el camino de vuelta y este debía de ser tan claro que no produjera ninguna confusión ni equivocación y que fuera fácil de recordar para que la gaviota si se volviese a perder algún día, pudiera fácilmente conseguir el camino a su casa. El señor Lechuza, como todos los sabios, resolvía los problemas con preguntas y por ello le preguntó a nuestra amiga la gaviota:

¿Qué es lo que más abunda por tu casa, amiga gaviota?

El agua, contestó la gaviota.

¿Y de dónde viene toda esa agua?.

Bueno, a veces de la Iluvia, pero también de algunos rios que caen al mar, contestó la gaviota.

Y el agua de esos rios ¿De dónde viene?.

De las montañas, dijo la gaviota.

¡Aaah!, entonces ¿Cómo regresarás a tu casa?

La gaviota lo miró fijamente y pensó. De repente vió la respuesta. Claro, era sencillo, si seguía cualquier río, debería liegar al mar, y al llegar al mar, todo era mís sencillo. Le preguntó al sabio:

¿Qué río debo seguir?

¿Cuál crees tú que debes seguir?

El más grande.

¡Por supuesto! - exclamó el sabio.

Una vez conseguido su objetivo, la gaviota le dió mil gracias al señor sabio Don Juan Lechuza y voló hasta lo más alto que pudo, desde allí pudo ver un gran río que bordeada el bosque por su lado derecho, se dirigió hasta él y empezó a volar sobre el río siempre en la misma dirección en que éste iba, voló y no fue mucho, de repente se encontró con el mar. Dios mío, ¡Que maravillosa sensación!.

Inmediatamente reconoció el lugar y sin más dudas voló rápidamente a su casa. ¡Qué bién se sentía!, no tanto por haber conseguido el camino a su casa, sino porque había aprendido cómo poder volver a su casa sin necesitar al Sol, se habia independizado. Ya no necesitaba al Sol para que la guiara, ella sólamente con sus conocimientos podría encontrar todos los caminos.

LA BATALLA FINAL

Por la noche, después de recoger los restos de la cena, no había nada que nos gustase más a los niños que sentarnos alrededor del fuego mientras Padre nos contaba una historia.

Dirás que suena ridículo, o anticuado, con todos los medios de entretenimiento modernos que existen, pero ¿te olvidas de ello si yo sonrío indulgentemente?

Tengo dieciocho años y, de muchas variadas formas, he dejado algunas niñadas detrás mío. Pero Padre es un orador y su voz despide un mágico aliento que aún me engancha, y, para ser sincero, eso me fascina. Incluso si pensamos que ganamos la Guerra, perdimos bastante en el proceso, y allá afuera hay un mundo cruel e ingrato. Seguiré siendo joven todo lo más que pueda.

- Cuéntanos acerca de la batalla final - era lo que por lo general decían los niños, y ésta es la historia que él, por lo general, contaba. Es una historia terrible, incluso sabiendo que ya todo ha acabado, pero no hay nada como un buen escalofrío recorriendo arriba y abajo tu espina dorsal antes de irte a dormir.

Padre tomó una cerveza, la sorbió pausadamente, y luego sacudió los restos de espuma del bigote con un dedo. Era la señal de que iba a comenzar.

- La guerra es el infierno, no lo olvidéis - dijo, y los dos más pequeños rieron entre dientes porque les podían lavar la boca con jabón si ellos decían la palabra.

- La guerra es el infierno, siempre ha sido así, y el único motivo por el cual os cuento esta historia es porque nunca os lo haré olvidar. Luchamos la batalla final de la última guerra, y gran cantidad de hombres buenos murieron para alcanzar la victoria, y es por eso que siempre os lo recordaré. Si ellos tuvieron alguna razón para morir, era para que vosotros pudierais vivir. Y nunca, jamás, tener que luchar en una guerra otra vez.

- En primer lugar, abandonad la idea de que hay algo noble o maravilloso en una batalla. No lo hay. Es un mito que ha estado agonizando por mucho tiempo y probablemente se trate de datos procedentes de la prehistoria, cuando la guerra era un sencillo combate mano a mano, ejecutado a la entrada de una caverna mientras un hombre defendía su hogar de un extraño. Esos días han pasado hace mucho, y lo que era bueno para el individuo puede significar la muerte para la comunidad civilizada. Supuso la muerte para ellos, ¿no es así?

Los ojos serios y enormes de Padre se lanzaron a través de todo el círculo de rostros expectantes, pero ni uno de ellos se enfrentó a su mirada. Por alguna razón, nosotros nos sentíamos culpables, pese a que muchos ni siquiera habíamos nacido cuando la guerra.

- Ganamos la guerra, pero en verdad no es una victoria si no aprendemos una lección de ello. El otro bando pudo descubrir primero el Arma Definitiva, y si ellos la hubiesen tenido nosotros seríamos los que habríamos muerto y desaparecido, y eso no debéis olvidarlo nunca. Sólo un azar histórico preservó nuestra cultura y destruyó la de ellos. Si este accidente del destino puede poseer algún significado para nosotros, debe ser que aprendimos un poco de humildad. No somos dioses ni somos perfectos... y debemos abandonar el combate como medio de dirimir las diferencias humanas. Yo estuve allí y ayudé a matarlos y sé de lo que hablo.

Después de esto viene el momento que estamos esperando y todos contenemos el aliento, expectantes.

- Aquí está - dice Padre, poniéndose en pie y extendiéndose a lo largo de toda la pared -. Esta es, el arma que hace llover la muerte a distancia, el Arma Definitiva.

Padre blande el arco sobre su cabeza, suscitando una dramática figura a la luz del fuego, su sombra alargándose por la cueva y sobre la pared. Incluso el niño más pequeño deja de rascarse las pulgas bajo las pieles que nos cubren y espera, embobado.

- El hombre con la cachiporra, el cuchillo de piedra o la lanza nada puede contra el arco. Ganamos nuestra guerra y debemos usar este arma sólo para la paz, matar el alce y el mamut. Ese es nuestro futuro.

Sonríe mientras cuelga cuidadosamente el arco de regreso a su soporte.

- El desempeño de una guerra es demasiado terrible ahora. La era de la paz perpetua ha comenzado.

Fin.

La balanza de plata

Hace muchos años, mi madre me contó una historia que más parece una fantasía.

Esa historia comienza así:

En la esquina de mi calle hay una tienda de telas, que está cerrada desde hace tiempo.

Un día , un grupo de niños, entraron en la tienda y encontraron una balanza de plata, escondida tras un mostrador.

La balanza tenía un gran adorno en el centro, que era algo misterioso.

Pronto descubrieron que no era una balanza normal.

No pesaba manzanas, tomates, carne o pescado. Lo realmente asombroso era que podía pesar las buenas o malas obras que las personas hacían.

Los niños se dieron cuenta de esto, cuando uno de ellos, decidió tocar el centro de ella. De repente la balanza se iluminó.

El niño se mareó y cayó al suelo.

Uno de los lados de la balanza se inclinó y comenzaron a salir de él, estrellas, muchas estrellas. Aparecieron ante ellos todas las buenas obras realizadas por el niño. Había sido bondadoso y comprensivo con los demás.

Al rato, el niño se levantó y comenzó a recuperarse.

Otro niño, quiso intentarlo también. Puso su mano sobre el centro de la balanza de nuevo y ésta volvió a iluminarse.

Esta vez, no salieron estrellas, sino espadas. Este niño no había sido tan generoso como el otro, era un niño egoísta aunque, como era un niño, todavía podía aprender a compartir.

La balanza, les enseñaba lo bueno o malo que tenían en sus vidas y que podrían mejorar.

Así pasaron los años. Los niños seguían consultando a la balanza siempre que tenían dudas sobre cómo debían actuar o pensar.

Pero un día, la balanza dejó de iluminarse y los niños se hallaban un poco desorientados y tristes.

¿Quién les guiaría a partir de ahora?.

¿Por qué les había abandonado?.

La balanza se iluminó por última vez, y les explicó por qué ya no podía ayudarles más.

¡Ahora, debéis pensar por vosotros mismos!.

¡Ya sois grandes y lo suficientemente inteligentes para hacerlo!.

¡Os deseo mucha suerte!. Al decir esto la balanza se apagó.

Al principio, los niños estaban muy apenados, pero con el paso del tiempo se dieron cuenta que era lo mejor para ellos.

Aprendieron a ser responsables por si mismos, pero nunca olvidaron los buenos consejos de la sabia balanza.

Por todo ello, siempre la recordaron como la balanza de la sabiduría.

EL BURRITO DESCONTENTO

Érase que se era un día de invierno muy crudo. En el campo nevaba copiosamente, y dentro de una casa de labor, en su establo, había un Burrito que miraba a través del cristal de la ventana. Junto a él tenía el pesebre cubierto de paja seca. - Paja seca! - se decía el Burrito, despreciándola. Vaya una cosa que me pone mi amo! Ay, cuándo se acabará el invierno y llegará la primavera, para poder comer hierba fresca y jugosa de la que crece por todas partes, en prado y junto al camino!

Así suspirando el Burrito de nuestro cuento, fue llegando la primavera, y con la ansiada estación creció hermosa hierba verde en gran abundancia. El Burrito se puso muy contento; pero, sin embargo, le duró muy poco tiempo esta alegría. El campesino segó la hierba y luego la cargó a lomos del Burrito y la llevó a casa. Y luego volvió y la cargó nuevamente. Y otra vez. Y otra. De manera que al Burrito ya no le agradaba la primavera, a pesar de lo alegre que era y de su hierva verde.

- Ay, cuándo llegará el verano, para no tener que cargar tanta hierba del prado! Vino el verano; mas no por hacer mucho calor mejoró la suerte del animal. Porque su amo le sacaba al campo y le cargaba con mieses y con todos los productos cosechados en sus huertos. El Burrito descontento sudaba la gota gorda, porque tenía que trabajar bajo los ardores del Sol. - Ay, qué ganas tengo de que llegue el otoño! Así dejaré de cargar haces de paja, y tampoco tendré que llevar sacos de trigo al molino para que allí hagan harina. Así se lamentaba el descontento, y ésta era la única esperanza que le quedaba, porque ni en primavera ni en verano habia mejorado su situación.

Pasó el tiempo... Llegó el otoño. Pero, qué ocurrió? El criado sacaba del establo al Burrito cada día y le ponía la albarda. - Arre, arre! En la huerta nos están esperando muchos cestos de fruta para llevar a la bodega. El Burrito iba y venía de casa a la huerta y de la huerta a la casa, y en tanto que caminaba en silencio, reflexionaba que no había mejorado su condición con el cambio de estaciones.

El Burrito se veía cargado con manzanas, con patatas, con mil suministros para la casa. Aquella tarde le habían cargado con un gran acopio de leña, y el animal, caminando hacia la casa, iba razonando a su manera: - Si nada me gustó la primavera, menos aún me agrado el verano, y el otoño tampoco me parece cosa buena, Oh, que ganas tengo de que llegue el invierno! Ya sé que entonces no tendré la jugosa hierba que con tanto afán deseaba. Pero, al menos, podré descasar cuanto me apetezca. Bienvenido sea el invierno! Tendré en el pesebre solamente paja seca, pero la comeré con el mayor contento.

Y cuando por fin, llegó el invierno, el Burrito fue muy feliz. Vivía descansado en su cómodo establo, y, acordándose de las anteriores penalidades, comía con buena gana la paja que le ponían en el pesebre. Ya no tenía las ambiciones que entristecieron su vida anterior. Ahora contemplaba desde su caliente establo el caer de los copos de nieve, y al Burrito descontento (que ya no lo era) se le ocurrió este pensamiento, que todos nosotros debemos recordar siempre, y así iremos caminando satisfechos por los senderos de la vida: Contentarnos con nuestra suerte es el secreto de la felicidad.

El Búho gafitas

Asomaba la cabecita, desde su casita en el tronco del árbol., un búho con una carita muy divertida.

Trabajaba durante la noche dando las horas como si fuera un reloj para que los animalitos del bosque supieran que hora era en cada momento.

Su gran ilusión era salir de su casa durante el día, pero sus ojitos no veían bien y tenía que conformarse con salir de noche y abrir sus grandes ojazos que brillaban en la oscuridad.

Siempre me dicen que soy afortunado por tener esos ojos tan grandotes, decía: el búho.

Pero no saben, añadía , que aunque son tan llamativos, no veo las cosas tan claras y lindas como la gente las ve.

Salía durante la mañana pero a pocos metros se caía, y siempre decía:

¡Otro tropezón, otro tropezón, pero no me importa , sólo quiero ver el sol!.

Muy preocupado llamó a su amiga la ardilla Felisa, que vivía en un árbol cerca del suyo.

¡Felisa, Felisa, ven un momentito por favor!.

¡Tengo un problema y como tu tienes fama de lista, tal vez puedas echarme una mano!.

¿Qué te ocurre búho?, preguntó la ardilla Felisa.

Tengo que salir de día, quiero ver los animalitos que juegan durante la mañana y ver el lindo color del cielo cuando se pone el sol.

Quiero ver corretear a los conejos, y pegar brincos a los saltamontes y también como dan saltitos los pequeños pajarillos de mi árbol.

¡Tengo la solución, dijo la ardilla!-

¡Iremos al conejo oculista y te pondrá unas gafas especiales para ver durante el día!.

El búho estaba muy guapo con sus nuevas gafas, y así se cumplió su sueño, paseaba y paseaba y tanto salía durante el día, que al llegar la noche se quedaba dormido y sus amigos le decían:

¡Búho, no te duermas, que tienes que dar las horas!.

Después de muchos días se dio cuenta de que debía utilizar su tiempo mejor y decidió dormir algunas horas durante el día, así cumplía su deseo y por las noches no se dormía durante su trabajo.

EL BÚHO BLANCO

Cada año nos llevan a unos treinta niños, acompañados por dos maestras, a las Colonias Escolares. Son nuestras vacaciones pagadas por la escuela y es seguro que vamos a estar durante veinte días, felices y contentas, en premio por nuestras excelentes calificaciones y buen comportamiento. Como nosotros vivimos en la costa, hacemos intercambio con otra escuela del interior. Así es que se dispone de un vagón del ferrocarril especial para nosotros y allí en la estación nos despedimos de nuestros padres y hermanos y partimos felices.

Cada una es responsable de su mochila o maleta donde llevamos nuestra ropa atendiendo a la lista dada por la maestra: alpargatas y tenis, toda la ropa interior marcada con el nombre, pantalones largos y cortos, blusas ligeras, un suéter, traje de baño y otras cosas personales como revistas, naipes y juegos.

Llegamos a la escuela, donde nos recibió el cuidador que vivía al lado de la escuela con su esposa y sus cuatro niños, y nos dispusimos a armar los catres de campaña, en las aulas que en esos días se convertirían en nuestros dormitorios. Nos repartieron las sábanas, las almohadas y las cobijas, y nos dieron las instrucciones acerca del uso de los baños, del aseo personal y sobre todo de la conducta que debemos mantener; somos las representantes de la escuela, así es que se espera nuestra mejor disposición.

La escuela era enorme y tenía un jardín muy amplio, con grandes árboles y muchas áreas con pasto y algunos setos de flores. Podíamos ir a donde quisiéramos, sin salirnos de los límites, muy bien establecidos por los muros de piedras bordados de enredaderas. Más allá estaban las canchas de fútbol, donde podríamos jugar cuando quisiéramos.

La "abuelita"; una señora con una cabellera larga y canosa, ordenada en unas trenzas muy bien peinadas, cocinaría para nosotros, desde el desayuno hasta la cena. Cuando volvimos de recorrer el gran patio, ella ya tenía ordenada toda su cocina, con muchas ollas, cucharones de todos tamaños y muchos platos apilados.

La primera noche, algunas de las niñas más chicas, lloraron porque echaban de menos su casa, sus papás y hermanos. Pero la maestra se acercó a cada una de ellas y les contó un cuento hasta que se tranquilizaron y se durmieron profundamente.

Yo me quedé pensando en la gran cantidad de paciencia que se necesita para ser maestra y el enorme gusto por los niños que deben tener.

Al tercer día la maestra consiguió permiso para visitar uno de los ranchos productores de duraznos y hacia allá nos dirigimos. Nos llevaron haber las grandes arboledas donde los árboles plantados a la misma distancia uno de otro, se pintaban de bellos tonos verdes, entre los que sobresalían los colores de las frutas que estaban prontas a madurar.

También vimos las máquinas seleccionadoras donde los frutos caían en diferentes canaletas según su tamaño, de manera que quedaban elegidos hasta los duraznos de exportación. Nos daba gusto saber que esos frutos irían hacia otros países donde niños como nosotros disfrutaríamos de sus agradables sabores; creo que era como un sentimiento de orgullo el constatar que nuestras frutas era requeridas en otros países, por su calidad y sabor.

Al final de la visita nos regalaron seis cajas de duraznos que enviaron hasta la escuela, de manera que cuando llegamos, ya estaba toda esa fruta esperándonos. Podíamos comer lo que quisiéramos, pero estaba estrictamente prohibido desperdiciar la fruta. Si encontrábamos fruta muy madura, tendríamos que colocarla en una caja especial, para que de ella se hiciera mermelada. Esos días comíamos duraznos mañana, tarde y noche, postre de duraznos, jugos de duraznos, mermelada de duraznos, pero todavía me encantan.

Otro día fuimos al río y nos tardamos más de una hora de camino a pie, bajo el sol que estiraba todos sus rayos sobre nosotras; parece que quería saludarnos y estar en nuestra compañía, pero muchas veces buscamos la sombra de los árboles que crecían majestuosos a la vera del camino. El río tenía poco caudal, en las orillas habían muchas piedras redondas y resbalosas y el agua estaba muy fresca, así es que nos acercamos rápidamente a la orilla para refrescarnos un poco, hicimos batallas de agua y todas terminamos bien empapadas, antes de ponernos los trajes de baño.

Más allá había ramas de totora, que son muy flexibles aunque difíciles de cortar. Las arrancamos desde abajo y empezamos a formar un dique para poder tener una poza más profunda donde bañarnos. De un lado nos echábamos al agua y la corriente nos llevaba hasta el otro, sin ningún peligro. Era delicioso mantenernos flotando en esa agua tan cristalina y limpia. Cuando salíamos a secarnos, el mismo sol nos envolvía suavemente.

Allí no había más ruido que los cantos de los pájaros y el mecerse de las hojas de los sauces, cuyas ramas alargadas llegaban hasta el agua. ¡Qué diferencia con la ciudad! Había allí una tranquilidad tan hermosa que todas disfrutábamos.

Había muchas mariposas pequeñas, todas blancas, que parecían danzar entre las pocas flores silvestres que se abrían para mostrar todo su colorido. Las acompañaban algunas libélulas, que parecían helicópteros de colores. Nos encantaba ver las libélulas sostenidas en sus patas muy estiradas, en alguna poza de agua, donde se deslizaban como si estuvieran esquiando; al rato remontaban el vuelo para alcanzar nuevamente a sus amigas las mariposas que ya se habían encontrado con algunas abejas apuradas en recolectar el polen para hacer la miel.

Una noche invitamos a la familia del cuidador e hicimos una representación en el patio de la escuela, donde cantamos, otra dijo un poema y algunas bailaron. Encendimos una fogata donde asamos malvaviscos y contamos cuentos.

De repente, escuchamos un ruido que provenía de un alto pino. Nos sobresaltamos un poco, pero la maestra nos indicó que seguramente se trataba de un búho llamando a su pareja. Nos acercamos más y efectivamente pudimos divisar a un búho blanco que nos miraba fijamente, mientras repetía su Uuuhh varias veces. Por supuesto que estaba de lo más serio y giró su cabeza lentamente. Levantó el vuelo y quedamos asombradas de la majestuosidad con que movía sus enormes alas.

El cuidador nos contó que ese búho era el macho y que esperaba a su compañera que se había marchado a buscar comida mientras él cuidaba el nuevo nido y no había vuelto desde hacía tres meses. Que esas aves sólo tienen una sola compañera de por vida, así es que el macho todavía la esperaba. El cuidador y sus hijos, veían todos los días al búho, que habían bautizado como Blanco por el color tan claro de sus plumas, que justo al atardecer llamaba a su compañera, desde la misma rama del gran pino.

El menor de los muchachos siempre le hablaba a Blanco, diciéndole que ella iba a llegar un día de éstos, que la esperara con paciencia, que algo le habría pasado como se tardaba, pero que iba a llegar, que tuviera calma. Y el búho le miraba fijamente, emitía unos Uuuhh muy suaves y emprendía el vuelo en una nueva búsqueda, para volver minutos después a la misma rama del mismo árbol, a seguir llamando y esperando.

Los búhos son muy útiles para cazar los ratones que se meten en los silos de trigo, donde incluso les dejan un espacio en la parte superior para que puedan entrar. Son muy rápidos para cazar y muy silenciosos, así es que nadie les hace daño, y como les molesta la luz, salen en la noche y en el día parece que siempre estuvieran durmiendo. Pero es muy hermoso verlos levantar el vuelo porque cuando uno no los conoce, no se imagina que tengan las alas tan grandes.

Cada día hacíamos un paseo diferente y siempre volvíamos cantando. Los de pueblo, ya sabían que éramos las niñas de la Colonia Escolar y nos saludaban al pasar. Los de la oficina de Correos también nos esperaban cada viernes, en que íbamos un pequeño grupo a dejar las cartas para nuestras familias, para contarles todo lo bien que estábamos.

También visitamos un vivero de plantas, donde además hacían macetas. Allí nos deleitamos viendo la maestría de los artesanos moldeando el barro e incluso nos permitieron ensayar de mover con el ritmo correspondiente, la gran rueda horizontal donde de un montón de barro, salen piezas tan hermosas y bien hechas.

No pudimos hacerlo con la rueda, pero nos reímos mucho y hasta nos regalaron barro para moldearlo con las manos. Así que al final, teníamos varias figuras que nos permitieron ponerlas al horno y mientras se cocían, fuimos a ver como pintaban las macetas y otros adornos, con pinceles de todos grosores y muchos colores muy llamativos. Ese día llegamos muy contentas y todas nos dormimos pensando en qué lugar de la casa, pondríamos nuestras "obras de arte" hechas de barro.

Otro día fuimos a una granja en el pueblo vecino, donde había un hospital de animales. Allí llegaban todos los animalitos que alguien había encontrado en los caminos o en los campos, y que necesitaban alguna atención especial. Había un perro reponiéndose de una pata que se había lastimado en una pelea, una paloma con un ala vendada porque al parecer había chocado con un camión, un cachorro de zorro que había metido la pata en una trampa y un búho con el ala rota por el golpe de una rama.

El veterinario nos explicó que afortunadamente alguien había encontrado al ave y ésta se había dejado llevar. Esto era raro porque los búhos no se pueden domesticar y como son aves de rapiña, su pico y garras son muy fuertes. Pero esta hembra, por alguna razón, era dócil, como si supiera que allí estaba segura, y que incluso podía sanar de su ala. Que estaba prácticamente sana y que incluso ese día había pensado en dejarla en libertad.

Le comentamos sobre el búho blanco de la escuela que había perdido a su compañera y le preguntamos si podría ser ella. Él afirmó que las posibilidades eran muy altas y hasta nos dijo si queríamos llevarla. Si no era la compañera del búho, ella misma buscaría su hogar.

Por supuesto que estábamos tan contentas, que incluso las maestras estuvieron de acuerdo, así es que nos dieron una jaula con la gran ave en su interior, le pusimos un trapo encima para que no se asustara y, al partir hacia la escuela, todas íbamos con la ilusión de que sí fuera la pareja del búho blanco y nosotras las heroínas que lograríamos juntarlos.

Cuando llegamos a la escuela, llamamos a gritos a los niños del lado para que vinieran a ver lo que traíamos en la jaula. Nos dirigimos al patio y abrimos la puerta, desde donde salió el ave con pequeños brincos, hasta darse cuenta que podía desplegar sus hermosas alas.

Remontó el vuelo y bajó suavemente en la misma rama donde Blanco la esperaba cada día y lanzó un fuerte Uuuhh. A la distancia vimos a Blanco que se acercaba moviendo sus alas con singular rapidez y se posó a su lado.

Intercambiaron muchos saludos refregándose los picos y las puntas de las alas semi abiertas, y remontando el vuelo, partieron juntos hacia el sol que se ocultaba tras los cerros.

Yo me puse a pensar en el gran amor de las aves y en su fidelidad tan entrañable, y me alegré al recordar todas las muestras de cariño que mis padres tienen entre ellos y para nosotros.

Esas vacaciones fueron muy hermosas y aunque no he tenido otra oportunidad de ver tan de cerca otra pareja de búhos, conservo la foto del gran pino con ambas aves y cada vez que la miro, pienso en lo felices de deben estar juntos, con su Uuuhh característico, siempre fieles uno al otro.

El Bosque de Nunca Saldrás

Voy a contaros la historia de Manolito, un pequeño personaje que vivía entre los tallos de las flores. Como habéis adivinado, Manolito era un duendecito, pequeño y travieso al que le gustaba mucho jugar con los animalillos del lugar. Una mañana se despertó sobresaltado por el ruido que habían hecho las hojas al crujir. No era normal que a esa hora paseara nadie por el bosque, y decidió investigar. Saltó de las hojas de una amapola en la que había pasado la noche, y se dirigió hacia las raíces de un viejo pino donde se subía para poder ver el bosque con mayor facilidad.

- Pero, ¿qué es eso que se mueve entre las flores?, se preguntó. Y mientras tanto veía como de entre las margaritas asomaba una pequeña carita asustada. ¿Quien eres?¿Tú no vives aquí? No te conozco, dijo con sorpresa.

- No, no soy de este bosque; he venido con mi mamá a recoger moras para hacer un pastel para mis hermanitos, y he debido alejarme demasiado y ahora no se volver, contestó el sorprendido visitante.

- ¿Cómo te llamas?, le preguntó Manolito.

- Soy Bani.

Bani era un linda ardillita que vivía en un bosque cercano. Había pasado la noche sola, y tenía hambre y frío. Además estaba muy preocupada porque había desobedecido a su mamá, y se había perdido. Hasta ese momento no había sabido lo que era estar sola, ya que vivía con sus papás y su seis hermanitos.

- ¿Donde estoy?, le preguntó a Manolito

- En el Bosque de nunca saldrás.

- ¿De nunca saldrás?, ¿Porqué se llama así?

- Porque todo el mundo puede entrar, pero nadie puede salir. ¿Sabes?, es un laberinto , y el único que conoce el camino de salida es Bruno, un viejo lobo que domina a todos los animalitos que vivimos aquí. Yo nunca le he visto, pero me han contado que tiene la boca tan GRANDE que podría comernos a tí y a mí de un solo bocado. Por aquí le tenemos mucho miedo, y cuando merodea todos corremos para escondernos de él. Dicen que hace mucho, cuando era joven, vivía con una loba, y sus cachorrillos, pero un día vinieron los hombres y se los llevaron para hacer abrigos de piel, y fue a partir de ese momento cuando decidió que nunca jamás volvería a salir nadie de este bosque sin su consentimiento.

Bani se echó a llorar. Nunca más volvería a ver a su familia. Le había salido muy caro alejarse de su mamá.

- No llores, le dijo Manolito. Yo te acompañaré a la guarida del lobo, y juntos le preguntaremos el camino para regresar a tu casa.

De esta manera comenzaron a caminar por el bosque. Manolito le iba presentando mientras tanto a todos los animalitos y plantas que se iban encontrando, como mamá castor, papá buho, los patitos, el árbol del oráculo, o la señora rana y el señor sapo. Todos intentaban consolar a Bani, pero ninguno lo conseguía. Fué Gúmer, el hijo de la señora pájaro carpintero, el único que conseguió sacarle una sonrisa, cuando con su pico le tocó por encima del lomito. Como el camino era largo, tuvieron que parar para comer. Las ardillas del bosque de nunca saldrás le ofrecieron a Bani un poco de su comida para que cogiera fuerzas y pudiera continuar el camino sin problemas. Por fin, llegaron al centro del bosque antes de caer la tarde. Allí, delante de sus ojos vieron la guarida del lobo.

- ¿Tú crees que tendremos suerte?, le dijo Bani a Manolito. Tengo mucho miedo.

- No te asustes, Bani. Muchos animales del bosque dicen que Bruno no es un lobo malo, sino que sólo tiene mal genio. Venga, vamos a llamar a la puerta.

Según se iban acercando, vieron cómo encima de ésta había un cartel que decía "dar sólo dos golpes". Y así fue. Golpearon la puerta con fuerza, pero sólo dos veces.

...¡¡pon!! ...¡¡pon!!...

y desde dentro se oyó una voz ronca y grave que decía..

- ¿Quién ha osado molestar mi descanso?

Manolito y Bani observaron como se abría la gran puerta a la vez que sonaba un chirrido escalofriante, y no pudieron esperar. Presos del pánico corrieron y corrieron hasta llegar al tronco de un viejo abedul que les cobijó amablemente. Fue allí cuando Manolito se acordó que era un duende y que en su sombrero de copa llevaba unos polvitos mágicos que podían ayudarles.

De esta manera, y con la ayuda de los polvitos, crecieron y crecieron hasta hacerse del tamaño del lobo. ¡Qué bien! Ya no podría asustarles.

Emprendieron el camino de regreso, y cuando llegaron a la puerta volvieron a ver el cartel que decía "Dar sólo dos golpes". Y así lo hicieron de nuevo. Golpearon la puerta con fuerza, pero sólo dos veces.

...¡¡pon!! ...¡¡pon!!...

y desde dentro se oyó otra vez la voz ronca y grave que decía..

- ¿Quién ha osado molestar mi descanso?

Pero esta vez, mientras se abría la puerta, Bani y Manolito permanecieron impasibles. Su nuevo tamaño les daba seguridad.

- Hola señor lobo. Venimos a pedirle un favor. Mi amiga Bani, que es de otro bosque, se ha perdido. Salió a coger moras con su mamá y sin darse cuenta se metió en el bosque de nunca saldrás, y ahora no sabe volver. ¿Sería usted tan amable de ayudarnos a encontrar el camino?. En el bosque se dice que es usted el único que conoce la salida.

- ¡Uhmm! Sois muy atrevidos. Os ayudaré. Pero antes tenéis que resolver esta adivinanza.

Blanca y redonda es,

de noche sale,

en el cielo se pone

para ayudarte.

Mientras pensaban en la respuesta se alejaron de la guarida del lobo. Tenían dos posibilidades.

- ¡una estrella!

- ¡la luna!

!Es la Luna ! Gritaron los 2 al mismo tiempo. ¡Qué ilusión! Habían acertado. Tanta fue la emoción, que corrieron como locos hasta la puerta de la guarida del lobo, y no se fijaron en el cartel que decía "dar sólo dos golpes", y llamaron sin cesar, esperando que Bruno saliera a indicarles el camino de regreso al Bosque de Bani.

.. ¡¡pon!! ..¡¡pon!! ..¡¡pon!! ..¡¡pon!! ..¡¡pon!! ..¡¡pon!! ...

El cartel ya lo avisaba claro. No se podía golpear la puerta más de dos veces, porque si no, se despertaría el dragón de las dos cabezas, que llevaba dormido muchos años. Y así fué. Tanto ruido hicieron que éste se asomó a la puerta y comenzó a echar por su boca chorros de fuego.

Pero Bruno, el lobo bueno, no podía permitir que sus dos nuevos amigos tuvieran problemas. Así que se lanzó al cuello del dragón, y tras una acolarada pelea consiguió reducirle a cenizas, eliminando para siempre al dragón del bosque de nunca saldrás.

- Muchas gracias Bruno, dijo Manolito. Nos has salvado la vida. Ahora le diremos a todo el mundo que eres un lobo bueno, y que no deben tener miedo de tí.

- Sí, muchas gracias, asintió Bani.

- Ha sido un placer, amigos míos, contestó Bruno, y con cierta tristeza añadió, os ayudaré a encontrar el camino de salida del bosque de nunca saldrás.

Y dicho y hecho. Emprendieron de nuevo camino por el bosque, saludando a todos los animalitos y plantas que se cruzaban en su camino, hasta que por fin llegaron a la salida del bosque de nunca saldrás. Bani sólo tenía que cruzar una línea imaginaria, y aparecería en su bosque, donde la estaban esperando su mamá y sus hermanitos para comerse la tarta de moras. Pero Bani no estaba segura..

- Amigos, ahora que por fin hemos llegado no sé si quiero irme. Sois mis mejores amigos, y estoy muy a gusto con vosotros, no sé que hacer, dijo Bani.

- Debes volver con tu familia, Bani. Eso es lo más importante del mundo, le indicó Bruno. Además, a nosotros siempre nos tendrás en el bosque de nunca saldrás.

Bani reflexionó y decidió acudir al encuentro de su mamá, pero justo antes de cruzar, oyó a Manolito que entre lloros le gritaba,

- Bani, Bani, ¡no puedes irte así!. Recuerda los polvitos mágicos.

Era verdad, tenían que echarse otras vez los polvitos para volver a su tamaño natural, si no, qué susto se iba a dar su familia. Manolito sacó de nuevo de su sombrero de copa los polvos que les devolverían a su tamaño primitivo, poniendo fin a esta aventura.

- Adios Bani, no te olvides de nosotros, le dijo Manolito.

- Siempre os llevaré en mi recuerdo, gritó Bani mientras cruzaba la línea imaginaria y desaparecía delante de sus ojos.

A partir de aquel momento, Manolito y Bruno se hicieron muy buenos amigos, y todos los animalitos del bosque supieron que Bruno no era un lobo malo, y que por fín se había encontrado el camino para salir del "bosque de nunca saldrás".

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

El Bosque de las Hadas

Erase una vez dos niñas de 11 años, llamadas Jennifer y Yaisa. La primera de ellas era buena estudiante y con un gran corazón; por el contrario Yaisa era una pésima estudiante y bastante creída.

Jennifer vivía en una casa al lado del bosque azul, sus padres eran campesinos y aunque pobres no pasaban penurias económicas. Yaisa en cambio vivía en una gran casa situada en la colina, sus padres eran ricos y por tanto tenía todos los caprichos que ella quería.

Aunque provenían de mundos tan opuestos, se habían hechos grandes amigas y desde la guardería habían estado juntas.

Los padres de Yaisa se habían opuesto a esta amistad pero nada pudieron hacer ante el empeño de las chicas de seguir siendo amigas.

Como había dicho antes Jennifer vivía al lado del bosque azul. Este bosque era llamado así por los lugareños, ya que una gran cantidad de mariposas azules habitaban en él.

Muchos creían que esas mariposas eran en realidad ninfas y que se apoderarían de todo aquel que se adentrará en el bosque al anochecer.

Esta maldición era alimentada desde hacía muchísimos años, cuando desapareció una chica en el bosque y nunca se supo nada de ellas.

Se organizaron batidas en el bosque y no se halló rastro de ella, ni siquiera sus huesos u objetos personales aparecieron, por lo que se descartó que fuera comida por las alimañas.

Este suceso hizo que naciera la leyenda del bosque azul, leyenda que duraba hasta nuestros días, pasando de generación en generación.

Una tarde Yaisa propuso ir al bosque.

¡No!, es peligroso. - respondió Jennifer.
- ¿Porqué?, ¿Tú crees el cuento ese?-.
Umm... Sí, una vez se lo oí contar a mi abuelo -.
Eso son mentiras, lo que pasa es que tienes miedo y no lo quieres reconocer.-
¡¡No tengo miedo!!
Sí que lo tienes, ¡¡Eres una cobardica!!
¡No soy cobarde! Esta bien iremos, pero me tienes que prometer que volveremos antes del anochecer.-
Esta bien, lo prometo.-
Mientras entraban en el bosque Jennifer se iba arrepintiendo de haber aceptado.

-¿Y si fuera verdad la leyenda?. ¿Y si no veo más a mis padres?- pensaba.

-Oye Yaisa, me vuelvo a casa.-

¿Qué?-
Que paso, lo siento me voy -
Venga ya, si estamos dentro, me vas a dejar sola ahora.
Si, me voy. ¿Vienes?
Esta bien me voy contigo.
Bienvenidas a mi reino.
¿Quién ha dicho eso?
Yo no he sido- contestó Yaisa asustada.
¡¡Allí arriba!!! - exclamo Jennifer.
¡Pe.. pero qué es eso!
Miraron hacia arriba y vieron a un ser etéreo que se mantenia suspendida en el aire. Alrededor suyo cientos de mariposas azules con una extraña forma humana la iluminaban y le daban un aspecto tétrico a la figura.

-¿Quién eres?.

Soy Ethea, reina de este lugar, seguramente me conoceréis por el hada de los bosques. Las mariposas son Suthereis, son mis ninfas. ¿Qué hacéis aquí?
Nada, solo pasamos a jugar un poco, pero ya nos íbamos.
A jugar, eh. Ajá, os propongo yo un juego.
Haber díganos.
De las dos la que me traiga el objeto que pese menos ganará y será conducida fuera del bosque, la perdedora se quedará conmigo para siempre y será convertida en una hermosa mariposa azul.
Señora, no nos puede hacer eso- suplicaron al unísono las dos chicas.
¿Porqué? Habéis invadido mi reino y esta es la única forma de salir. Todas estas mariposas eran personas como vosotros que osaron entrar. Ellas fueron perdedoras. Tenéis una hora. Id cada una en dirección opuesta y traedme ese objeto. El tiempo empieza ya.
No, Yaisa no te muevas tengo la solución.
Venga Ya. Solo quieres ganarme, pero yo conseguiré arrebatarte ese honor. Tú te quedarás aquí- Contestó enfurecida Yaisa.
Yaisa salió corriendo dirigiéndose a la izquierda, mientras que Jennifer se quedó quieta.

¿Dices que tienes la solución? Espero que sea así, aunque dentro de una hora saldremos de duda.
El tiempo pasó inexorable y al cabo de una hora, Yaisa fue traída en volandas por las ninfas.

Bien, que tenéis.
Yo, esta pluma, ligera como el viento. - Gritó entusiasmada Yaisa.-
¿Y tú?
Yo, aquí lo tenéis- y cerrando el puño se lo entregó al hada.
Pero es una broma, aquí no hay nada.-
Si que lo hay. Hay aire. Ese es mi objeto. Más ligero que él no hay nada.
¡Ingenioso!- Exclamó el hada. He aquí mi decisión.
Tú Yaisa, para ganar me has traído efectivamente un material muy ligero pero has tenido que matar un pajarillo. Has agredido a la naturaleza. Tu Jennifer, en cambio has conseguido el material más ligero que existe sin agredir el entorno. Jennifer eres libre de irte.
¡No! Quiero que mi amiga se vaya, prefiero quedarme yo.
Me sigues sorprendiendo. ¿Cambias tu vida por la de tu amiga?-
Sí, ella es hija única, yo en cambio tengo 2 hermanos más, además durante el resto de mi vida no me perdonaría que deje a mi amiga aquí.-
Jennifer, perdóname. Yo solo he pensado en mí y tú en cambio das tu vida por la mía. No puedo aceptarlo, he perdido y me quedo.
¡Increíble!, en mis 500 años de vida es la primera vez que me ocurre algo parecido. Después de esto, creo que las dos merecéis iros a casa. Podéis marchad.-
Gracias, señora- Contestaron al unísono.
Podéis volver cuando queráis. Habéis aprendido la lección más importante de vuestra vida. Vuestra amistad os ha salvado.-
Las dos chicas volvieron a casa y siguieron siendo amigas durante toda su vida.

FIN.

EL BEBE CERDITO

¿Te gustaría que te cuente la visita de Alicia a la Duquesa? Puedes creerme que fue una visita de lo más importante.

Naturalmente, Alicia empezó por llamar a la puerta: pero no apareció nadie, y tuvo que abrirla ella misma.

Ahora, si miras el dibujo, verás exactamente lo mismo que vio Alicia al entrar.

La puerta conducía directamente a la cocina. La Duquesa estaba sentada en el centro de la habitación, cuidando al Bebé. El Bebé berreaba. La sopa hervía. La Cocinera estaba removiendo la sopa. El Gato --era un Gato de Cheshire-- sonreía, como lo hacen siempre los gatos de Cheshire. Todas estas cosas estaban ocurriendo en el momento en que Alicia entró.

La Duquesa tiene un sombrero y un vestido muy bonitos ¿verdad? Pero me parece que la cara ya no la tiene tan bonita.

El Bebé --bueno, seguro que has visto varios bebés más guapos que éste; y con mejor genio, también. Sin embargo, fíjate bien en él, ¡y veremos si le reconoces la próxima vez que te reúnas con él!

La Cocinera, bueno, a lo mejor has visto cocineras más simpáticas que ésta, quizá una o dos.

¡Pero estoy casi seguro de que nunca has visto un Gato mejor que éste! ¿A que no? ¿A que te gustaría tener un Gato igualito que éste, con esos preciosos ojos verdes y esa sonrisa tan dulce?

La Duquesa estuvo muy grosera con Alicia. No es nada extraño. Incluso llamaba «¡Cerdo!» a su propio Bebé. Y no era un Cerdo ¿verdad? La Duquesa ordenó a la Cocinera que le cortara la cabeza a Alicia, aunque naturalmente la Cocinera no le hizo caso; ¡y para terminar le tiró el Bebé a Alicia! Así que Alicia cogió el Bebé y se marchó con él, y a mí me parece que hizo muy bien.

De manera que Alicia echó a andar por el bosque, llevando consigo a aquel niño tan feo. Y buen trabajo que daba aguantarlo en brazos, porque no hacía más que moverse. Pero por fin descubrió cómo sujetarlo bien: había que agarrarlo muy fuerte del pie izquierdo y la oreja derecha.

¡Pero tú no sujetes nunca a un Bebé de esa manera! ¡Son muy pocos los que prefieren ser tratados así!

Bueno, el caso es que el Bebé seguía gruñendo y gruñendo, y Alicia tuvo que decirle, muy seriamente, «Mira, rico, si te vas a convertir en un cerdo, no quiero saber más de ti. ¡Así que te den cuidado!».

Por fin le miró la cara, y ¿qué crees que le había ocurrido? Mira el dibujo a ver si lo adivinas.

«Pero ese no es el Bebé que cuidaba Alicia, ¿no?»

¡Ah, ya sabía yo que no le ibas a reconocer, aunque te dije que te fijaras bien! Sí señor, es el Bebé. ¡Y ahora se ha convertido en un Cerdito!

Entonces Alicia lo puso en el suelo y le dejó trotar hacia el bosque y pensó: «Era un Bebé feísimo; pero como Cerdo resultaba bastante guapo, eso creo yo».

¿No crees que ella tenía razón?

El Barquero Inculto

El Barquero Inculto

Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreido. Para cruzar un caudaloso rio de una a otra orilla tomo una barca. Valiente y sumiso, el barquero comenzo a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surco el cielo y el joven pregunto al barquero - Buen hombre, has estudiado la vida de las aves?

=No, señor - repuso el barquero

-Entonces, amigo has perdido la cuarta parte de tu vida. Pasados unos minutos, la barca se deslizo junto a unas exoticas plantas que flotaban en las aguas del rio. El joven pregunto al barquero

-Dime, barquero, has estudiado botanica?

=No señor, no se nada de plantas.

-Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida - comento el petulante joven.

El barquero seguia remando pacientemente. El sol del mediodia se reflejaba luminosamente sobre las aguas del rio. Entonces el joven pregunto:

-Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizandote por las aguas. Sabes por cierto, algo de la naturaleza del agua?

-No señor, nada se al respecto. No se nada de estas aguas ni de otras.

-Oh, amigo! exclamo el joven-. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.

Subitamente la barca comenzo a hacer agua. No habia forma de achicar tanta agua y la barca comenzo a hundirse.El barquero preguntó al joven

-Señor, sabes nadar?

-No, repuso el joven.

-Pues me temo señor que has perdido toda tu vida.

Fin

Bosque de Cristal

Hace mucho tiempo, en un hermoso y lejano reino, rodeado de un bosque sin igual, vivio una pequeña princesa, hermosa como las mañanas de primavera. La preciosidad de tan tierna princesa se la habia dado un hada del bosque como don especial, siempre y cuando el bosque que rodeaba al reino donde nacio estuviera bien cuidado. Para esto hizo que todo lo que le pasara a la princesa le pasara al bosque y todo lo que le pasara al bosque le pasara a ella. El bosque no podia existir sin ella, porque ella era su corazon. Asi tambien, no podia existir la princesa sin el bosque porque este era el alma de ella. La pequeña princesa era el orgullo de sus padres, reyes de esas tierras y de muchas mas en aquel mundo. Todos la llamaban Sonrisa por ser siempre feliz y tenia la gracia de ser querida por todos los subditos de aquel reino por su infinita bondad.

En aquel reino vivia tambien, una envidiosa mujer que practicaba la brujeria y que era fea como no habia cosa mas fea en el reino. Esa mujer era de todos bien conocida como la Bruja Miltrafaldumiruja. Esta mujer repudiaba la hermosura en todos sus sentidos, por lo mismo no soportaba la belleza y dulzura de la princesa Sonrisa. Enojada por ser fea y por ver tan linda a la joven princesita, la Bruja Miltrafaldumiruja decidio que nadie admiraria su beldad, para esto puso en practica un viejo hechizo que corria en su familia desde siglos atras.

Convirtio al hermoso bosque de la princesa Sonrisa en un bosque de cristal tan diminuto que cabia en una pequeña cupula del mismo material. Pensaba que al convertir al bosque en cristal la princesita se pondria triste y se volveria fea. Con el bosque se transformo todo lo que habia dentro de el; todos sus habitantes, personas y animales quedaron reducidos a fragiles figurillas de cristal. La princesa Sonrisa que en ese momento daba un paseo por el bosque corrio la misma suerte que todos los demas, solo que no toda ella se convirtio en cristal. Nada pudo hacer la envidia de Miltrafaldumiruja en contra del calido corazon de la princesa, que siguio latiendo dentro de ella, encerrado en la pequeña cupula de cristal.

Vio realizada su obra la Bruja Miltrafaldumiruja, pero no se sintio feliz. A pesar de ser pequeño el bosque y mas pequeña aun su princesa, su belleza seguia siendo inigualable. Al darse cuenta de esto Miltrafaldumiruja se enfurecio aun mas y decidio mandar lejos muy lejos al pequeño bosque de cristal. Tan lejos mando al bosquecillo la detestable bruja, que fue a dar a la tienda de un anticuario en el mundo real.

Miltrafaldumiruja se dio cuenta de que ya habia hecho mucho mal, y como en el fondo ella no era mala, agrego a su hechizo una manera de deshacerlo: aquel que a pesar de todo creyera con todo su corazon en que el bosque estaba vivo podria revivir a la princesa y por tanto al bosque. El unico que podria destruir el hechizo seria un principe valiente de espiritu.

Todas las mañanas pasaba Rodolfo por la avenida principal para ir de su casa a la escuela, y nunca en todos sus recorridos se habia topado con una pieza tan hermosa en la vitrina de la vieja tienda del anticuario. Asomaba unos ligeros destellos que deslumbraron al muchacho en cuanto la vio. Era de una delicadeza extrema, debia de ser muy antigua y traida de un lugar muy lejano. Era una pequeña cupula no mas grande que los viejos jarrones de porcelana china que junta ella exhibian. Dentro habia un bosque, aunque para Rodolfo este no era cualquier bosque, sino el Bosque. Era como en sus sueños, era todo luz y... oh! Se le hacia tarde y debia llegar a la escuela antes de que tocara la campana y no lo dejaran entrar.

Desde el dia de su encuentro con el Bosque de Cristal, Rodolfo procuraba salir antes de su casa para tener mas tiempo de admirarlo en su camino a la escuela. Era bello, habia algo en el que lo tenia hechizado, y las figuritas dentro de el eran tan reales. En el centro habia un castillito, y habia otras figuras mas pequeñas como animalitos y personas. Si hubiera podido comprarla, pero no se veia que fuera muy barata, despues de todo una figura de tal delicadeza debia costar una fortuna.

Una tarde de regreso a su casa Rodolfo se asomo a la vitrina del anticuario, pero el lugar donde antes estuviera el Bosque de Cristal, entre los dos jarrones de porcelana china, ahora lo ocupaba una cajita musical con una bailarina que no paraba de dar vueltas. Se habian llevado el Bosque de Cristal, se habian llevado su Bosque de Cristal. No lo volveria a ver jamas, ya no podria soñar con pasear por el y ver y conocer a los pastores y mercaderes que en el creia haber visto tantas veces. Ya no volveria a ver su tan amado Bosque de Cristal.

Regreso a su casa triste y desolado, entro a la casa y dejo sus libros sobre la mesa. Iba en ese momento a su recamara cuando de la sala creyo oir que le llamaban. Entro a la sala y cual no seria su sorpresa al encontrar sobre la repisa de la chimenea al pequeño y tan amado Bosque de Cristal. Emocionado se acerco a donde la cupula estaba, y admirado la vio como si fuera la primera vez.

Repaso el bosque, el castillo, las figuritas que parecian gente y reparo en algo que no habia notado antes era una luz extraña, volvio a escuchar su nombre... Rodolfo.... La luz con extraños destellos rosados lo envolvia, se hacia mas fuerte, luego una niebla... Rodolfo... Escuchaba su nombre fuerte y claro, pronunciado por una voz dulce y suave que le parecia familiar. La niebla se disipo y vi la luz mas intensa todavia, y se dio cuenta de que estaba dentro de la cupula. Estaba en el Bosque de Cristal.

Su sueño se habia vuelto realidad, estaba en el Bosque de Cristal y lo recorrio. Le parecio todo tan familiar, como si ya antes hubiera estado alli. Llego a las afueras del castillo y reconocio a los pastores y labradores que tantas veces habia creido ver y sentia que los conocia como a viejos amigos. Repetia sus nombres sin saber como es que los conocia, todo le era tan natural, como el bosque mismo, que a pesar de ser de cristal demostraba viveza en cada rincon. Dentro del castillo los reyes, las damas, los caballeros reales y sus pajes, hasta un bufon risueño frente al rey. Recorrio el castillo, descubrio corredores y pasadizos secretos. Se maravillo ante las estatuas y tapices que en el habian. Subio torres y entro en enormes salas encontrando maravillas indescriptibles a cada paso.Seguia oyendo su nombre, a veces mas fuerte otras veces mas debil, pero siempre con la misma dulce voz. Intrigado ante tal hecho siguio la tersa voz hasta las afueras del castillo y a traves del bosque hasta llegar a un claro donde una fragil y hermosa figura se encontraba. En ella se resumia la bellesa y magnificencia de todo lo que habia visto antes, era la hermosa princesa Sonrisa. Dentro de ella su pequeño corazon latia y eso confirmo lo que Rodolfo pensaba, el Bosque de Cristal estaba vivo, vivo y lo necesitaba a el.

La prinsecita ya no repitio mas su nombre, ya no era necesario, instintivamente el supo lo que tenia que hacer. Guiado por el infinito amor que aquella hermosa figura le inspiraba, Rodolfo se acerco a ella, quizo besarla, pero no se atrevio temiendo con ello manchar tan grata presencia. Temeroso puso su mano en su corazon y creyo, creyo con toda su alma y toda su fe en que con su amor podria volver a la vida a su amada princesa y al Bosque de Cristal. Lagrimas rodaron por sus mejillas y su calor entibio las frias manos de cristal de las princesita. Sonrisa levanto su rostro hacia el y y con solo verlo lo amo y vivio.

El bosque desperto como si la noche en que habia permanecido repentinamente hubiera acabado, y asi fue. Los pajarillos, las ardillas, las plantas, todo el bosque revivio mientras la dulce voz de la princesa entonaba un himno de alegria por ver a su bosque vivo otra vez, y es que mientras el Bosque estuviera bien ella estaria bien.

Poco despues se celebraron las bodas entre el principe Rodolfo y la princesa Sonrisa, y todos en el bosque fueron felices por mucho mucho tiempo.

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